Sólo por vivir en Occidente tienes un hombre que es tuyo y una misión de paz o de guerra en un país lejano. Y si te extraña, un señor ofendido dice que gracias a eso disfrutas de televisor de pantalla plana y puedes escoger entre detergentes. Ahora que me estaba enterando de que nuestro hombre en Afganistán se llamaba Hamid Karzai dice que no quiere ser «nuestro hombre». Afganistán era donde rompían budas, visten burkas y hay talibán, donde bombardeamos democracia y donde nuestro hombre es el que mejor organizó el fraude electoral contra los que amenazaban con amputar el dedo a quien votara o votase.
A pesar de estar lavados por jabones en pugna por la continua innovación y entretenidos por pantallas con más calidad de imagen, no hay manera de que sea popular bombardear democracia en misiones de paz. El enemigo es muy malo; nuestro hombre, muy poco nuestro y nosotros, muy egoístas. Menos mal que hay personas y órganos que tienden puentes. Los partidos, por ejemplo. En España, el gobierno socialista, como es pacifista, llama a la guerra, paz. El PP, como es belicista, quiere que la llame guerra. En Alemania, cuyas fuerzas en Afganistán mataron un montón de civiles en un bombardeo, esta guerra lejana es impopular pero los partidos más votados (más populares) la apoyan.
Los técnicos que cuentan a los líderes los porqués, dirán que no se ha invertido suficiente en formar opinión y que con más dosis de odio las misiones de paz y las guerras se vuelven populares. De mayor hay que ser técnico: eliges países y hombres que no son tuyos, organizas guerras que nadie quiere y ni te matan, ni te juzgan porque defiendes la democracia y la detergencia.