El matemático John Nash ha comentado en una interesantísima entrevista publicada en el Magazine del pasado domingo que, según las probabilidades, es posible que si sentamos a un número infinito de monos ante una máquina de escribir, «un día uno llegue a escribir ´Hamlet´». Animada por las palabras de este premio Nobel, he vuelto a sentarme ante la pantalla del ordenador para ver si gracias a las matemáticas, ya que no a mi talento, consigo a fuerza de tesón y paciencia santojobiana escribir alguna columna decente esta temporada. Lo malo es que confío más en la ley de Murphy que en las matemáticas, así que dudo que salga de este teclado nada parecido ni de lejos a lo que escribió Shakespeare y, por qué no reconocerlo sin ambages (palabra que me va que ni pintada aunque desconozco su significado), ni siquiera algo similar a lo que algún mono listillo pudiera llegar a pergeñar si le diéramos tiempo y un sueldo.
Me estoy liando un poco pero es que después de unas semanas de vacaciones mi encefalograma está más plano que el de los concursantes de Gran Hermano. Lo cierto es que los últimos días ya sentí unas punzadas que yo pensé que serían de hambre, puesto que cuando no trabajo me dedico a la cata gastronómica (y de beber ya ni hablamos) pero que, en realidad, eran de añoranza. Y eso que, estando en el extranjero, la única noticia que me llegó de la isla fue la de la detención de 25 británicos por narcotráfico. Tal vez fue esa información la que hizo que unas tímidas lagrimillas asomaran por mis ojos. Un año un tiroteo, otro unas detenciones masivas... son recuerdos de veranos imborrables que nos asaltan (literalmente) cuando menos lo esperamos y nos hacen recordar el terruño.
Al pisar de nuevo tierra pitiusa y hojear el periódico, me he sentido inmediatamente en casa: las inundaciones en los túneles de nuestras flamantes carreteras, los alijos de droga requisados, la vuelta a colegios que son barracones, los políticos lloriqueando porque no hay dinero mientras continúan hinchando la administración con carguitos de confianza, las quejas por la pésima temporada, el PP balear descomponiéndose por la corrupción, cambalaches en el Govern balear... En fin, todo aquello que, junto con nuestras indudables bellezas naturales, hace de estas islas un pedazo de tierra entrañable y acogedor.
Puesto que me he confesado seguidora de la Ley de Murphy, estoy convencida de que las cosas sólo pueden empeorar, así que, mientras tanto, voy a aprovechar todo lo bueno que nos ofrece septiembre: menos gente, menos ruido, algún aparcamiento que otro, playas tranquilas, una temperatura agradable... No, si va a resultar que en el fondo soy una sentimental. Un ´Hamlet´ no sé, pero algún librito a lo Corín Tellado, con mucho tiempo por delante, paciencia y la ayuda de un mono despierto, puede que sí me salga.