Lo más probable es que los impuestos no sean de derechas ni de izquierdas, sino el único procedimiento racional para subvenir a los gastos del común. Cuando entra la ideología es a la hora de definir qué gastos son esos, de suerte que la derecha se pule lo que recauda en unas cosas, casi siempre favoreciendo a la plutocracia, y la izquierda se lo gasta en otras, procurando dejar algo para beneficencia o ayudas sociales. Pero en Españam se produce el curioso efecto igualador de que los pobres se sienten, con la derecha y con la izquierda, robados. Es natural, pues, que cuando los impuestos suben, se sientan más robados.
Pero ello no ocurre porque los españoles corrientes, modestos, trabajadores, sean más susceptibles, más egoístas o más rácanos que los ingleses o los alemanes corrientes, que se ofuscan menos cuando Hacienda les pide, les requisa más bien, un poco más, sino porque los españoles corrientes, los que se instruyen en los centros públicos, los que tratan de mejorar de sus insanias en el Seguro, los que utilizan los transportes colectivos y los que, en fin, viven a la intemperie sin el techo protector del dinero, son, en efecto, robados sistemática y despiadadamente por sus gobiernos. Esa triste realidad se establece en la desproporción brutal entre lo que el contribuyente modesto da y lo que recibe.
Ahora el Gobierno, que gastó miles de millones del común para que los bancos siguieran obteniendo sus enormes beneficios, tratan de convencer a los pobres y a los mediopensionistas para que arrimen el hombro ante la crisis y se dejen desplumar otro poco. Y de lo único que las víctimas quedan convencidas es de pertenecer a un país donde las ideologías se igualan a la altura de sus bolsillos.