Ahora que el verano poco a poco se va extinguiendo es cuando surgen las valoraciones de la clase política y de los entes económicos de nuestras islas sobre cómo ha ido la temporada turística. Siempre son datos numéricos referidos a años anteriores (número de plazas ocupadas, número de vuelos, pernoctaciones, etc.) y finalmente surge una conclusión positiva o negativa de la situación. Eso sí, siempre desde la óptica económica. Yo, desde estas líneas, les quiero hablar, si me permiten, de la óptica sentimental y paisajística del asunto, faceta esta que siempre, año tras año, sale perjudicada.
Resulta que en una emisora nacional escucho que un «elemento» se jacta de haber venido a Eivissa una semana por 200 euros (ferry, apartamento, comida y disco) y añade que lo recomienda porque es «la isla de la lujuria en estado puro». Aparecen fiestas privadas en donde se consume de todo a volumen brutal y, si llamas a la policía, directamente o no te hacen caso o sirve de poco.
Los autóctonos somos vistos como atrasados y «payeses» (en sentido peyorativo, claro). Pocos son los que se interesan por nuestro patrimonio cultural. Para acabarlo de arreglar, las playas son un cenicero gigante y los caminos y el mar un basurero. Así no es de extrañar que algun incendio asome por nuestra geografía.
Alguien puede pensar que estoy en contra del turismo... Nada más alejado de la realidad.
Estoy a favor de lo que algunos llaman la principal industria de las islas, pero no se engañen, lo que tenemos últimamente en Eivissa es una degradación de aquello que bien entendido y bien trabajado nos ha dado y nos puede seguir dando grandes beneficios.