Me encanta esa forma sencilla y llana con que Joan Lluís Ferrer explica a las claras lo que ocurre en nuestra querida isla, sin tapujos ni pelos en la lengua.
En su artículo del pasado domingo, habla de cómo la «sociedad civil» de la isla es la que realmente dicta y marca los derroteros de actuación más profundos en Ibiza, hecho que es aprovechado por el político de turno, amén de ganancia en votos. Bien, ¿y?, ¿acaso no hemos demostrado ya que el «populacho» empezamos a tener cierto grado de independencia electoral?, ¿tal vez no hemos demostrado ya que sabemos castigar al que lo hace mal?
Quiero decir con esto que una de las pocas grandezas que nos ofrece un estado en democracia es precisamente eso, el gobierno en manos del pueblo. Los políticos son, pues, simplemente nuestros representantes.
Además, si no funcionan, a los cuatro años los puedes cambiar. Es genial, casi me jor que ningún electrodoméstico.
Creo que, afortunadamente, esa idea de que un personaje político es poco menos que un Dios se está borrando de nuestras mentes, de la gente joven, de la nueva savia. Es por eso que caen muros.