Entre un montón de viejas y apagadas fotografías que publican los periódicos hay una que en el remanso (o torbellino) de mis recuerdos cobra un especial relieve. Aparece gente corriendo despavorida, con caras de terror y mirando al cielo; hay algún cuerpo tumbado en el suelo, inmóvil, o con algún brazo levantado como pidiendo ayuda. Las figuras centrales de la foto, que es como callejera, sin técnica ni profesionalidad, son dos mujeres, una mayor que bien podría ser la madre o la tía, o una vecina, o la chacha, o la portera. De su mano, con carita de no entender nada, va una chiquilla de no más de diez o doce años. El detalle que llama la atención es que la nena lleva un abrigo de invierno, pero con un botón abrochado al ojal que no le corresponde. En mi tierra a eso se le llama ´desmentido´, como puesto en el sitio que no le corresponde. Uno se figura a esa mujer, o madre, o tía o chacha, poniendo apresuradamente la prenda a la niña y, sin mirarla, encajando los ojales donde encontraba botón, con las manos temblorosas y el corazón oprimido por el miedo, un miedo conocido que venía del horizonte o del cielo, según fueran obuses o bombas. El pueblo, siempre el mismo pueblo, gente desconocida, y sin embargo completamente nuestra. Recuerdo el verso del poeta (Machado, Neruda, Miguel Hernández) que dice: «Quienes son los que lloran. No lo sé, pero son los nuestros».
Menos mal que tenemos la memoria para olvidar, con más o menos contundencia, lo que nos hace daño, lo que nos duele en el corazón mismo, lo que nos ataca desde dentro, desde donde no nos podemos defender. Yo pasé los tres años del conflicto civil (eso que es siempre un cáncer histórico, porque se matan hermanos contra hermanos) en Madrid. Esos episodios que tan bien describe Berlanga en ´La Vaquilla´, por ejemplo. No hace mucho vi una película que estaba protagonizada por mujeres, cinco o seis actrices, de lo mejorcito que tenemos en la lista española, como Ana Belén, Loles León, Victoria Abril, etc. etc. que, hagan lo que hagan, contagian, consiguen que te metas en la pantalla sin querer. Creo recordar que se llama ´Guerrilleras´. O también me valdría ´¡Ay, Carmela!´, que por cierto no la vi.
Como digo, yo pasé la guerra entera en Madrid, y ahora a menudo me niego a ver films que me la revivan en la memoria, aunque sea de paso, de refilón. Me vienen a la cabeza con una insistencia atroz mis corridas al refugio, o simplemente al sótano de una casa de varios pisos, sobre todo por la noche. Mi familia (mi madre, Margarita, la chacha y yo) hemos dormido en locales de bancos, uno que había en la Gran Vía, cuyo nombre he olvidado ahora, pero sobre todo hemos vivido, porque estuvimos más de dos meses, hasta que las tropas de Franco, y los moros se acercaron peligrosamente a Madrid, por Carabanchel. Vivíamos inicialmente en una calle (Palos de Moguer), y en su fachada se podían ver las picadas de las balas, que llegaban de cuando en cuando. Cuando era una ráfaga de ametralladora, había que esperar un poquito para salir corriendo del portal y coger la esquina. Nos dieron cobijo en los sótanos del Banco de España, en la Cibeles.
Y desde allí oímos cómo bombardeaban el Ministerio del Ejército. ¿Pueden creer ustedes que casi siempre sueño con un escenario de guerra?