Consternación y repulsión, que no exactamente ira, es lo que produce ver a un juez imputado por tratar de esclarecer decenas de miles de asesinatos que quedaron impunes. Asco, más que consternación, repulsión o ira, es lo que da al comprobar que quienes desean que el genocidio perpetrado por el franquismo se desvanezca en el olvido han podido llevar como imputado al Tribunal Supremo al juez que, siquiera de manera simbólica, pretendió calificarlo legalmente como lo que fue, una matanza demencial que por su naturaleza y envergadura exige, aun con todo el retraso del mundo, una firme y unánime condena social, a menos que esa sociedad prefiera seguir fundamentándose sobre la vesanía y el salvajismo. La sola imagen de Garzón acudiendo a declarar como imputado produce ese asco, esa consternación, esa repulsión y, en lo más profundo del alma, también esa ira.
Otro suceso que atiende precisamente al nombre de ´La ira´ me provoca náuseas. Se trata de una producción televisiva en la que los dos actores que interpretan a unos asesinos que acaban de matar y descuartizar a unas personas discuten chillando y gesticulando como posesos con un bebé real, de carne y hueso, en los brazos. Son varias las secuencias de enorme violencia, supongo de repetidas hasta dar con la mejor, a las que el niño asiste, aterrado, en brazos de la actriz que, por lo demás, se ve obligada, por imperativo del guión, a gritar, llorar y hasta fumar varios chinos con el crío pegado a ella. Se habrán quedado a gusto los hacedores de la cosa, entre los que nadie impidió ese daño al bebé, la Fiscalía que no parece haya actuado ni vaya a hacerlo, y, sobre todo, la madre del niño, que acaso se habrá llevado, por alquilarlo para eso, un dinero miserable.