En respuesta a la carta sobre la fiesta en es Cubells me gustaría dar mi versión de los hechos como invitada. Primero, me gustaría señalar que mi marido y yo acudimos a la fiesta como invitados de unos amigos del propietario de la casa, al que no conocemos personalmente, pero a quien agradecemos su gran generosidad.
Al llegar, a eso de las 23 horas, el camino de acceso a la fiesta estaba bloqueado por la Policía Local, que no dejaba pasar ni un solo vehículo a la fiesta. El camino hasta la casa era bastante largo, aproximadamente un kilómetro, y estaba totalmente a oscuras.
Cuando llegamos a la casa pudimos comprobar que había una zona de parking habilitada especialmente para unos 150 coches. Si la policía hubiera dejado pasar a los vehículos, entonces los vecinos no podrían haberse quejado por tener coches aparcados a los lados del camino principal y podrían haber accedido a sus viviendas sin problemas.
Para entrar en la fiesta nos habían dado unos brazaletes por los que no había que pagar nada. Es más, en la fiesta todo era gratis, había una barra de sushi y otras barras en las que servían champán y otros licores de gran calidad por los que no tuvimos que pagar nada en toda la noche, ni nosotros ni ninguno de los invitados a la fiesta.
En total habría menos de 200 personas, más o menos como en una boda o en una gran fiesta de cumpleaños, en la que se veía a gente procedente de todo el mundo que vestía de forma muy glamourosa y elegante.
Después de una maravillosa velada decidimos irnos a casa. Cuando salimos, tuvimos que entregar los brazaletes. Y nada más cruzar la valla de salida ya no podíamos escuchar la música. Cuando caminábamos bajo las estrellas no se oía nada más que el murmullo de nuestras voces comentando lo bien que nos lo habíamos pasado.
Sinceramente, opino que la gente se queja por vicio. Es una lástima que queramos impedir que nuestros vecinos celebren una fiesta al año que además contribuye a darle un empujón a la economía de la isla. Este señor no sólo se ha gastado un inmenso dineral comprando bebidas y alimentos en los establecimientos de la isla, sino que además contrató a más de cinco guardias de seguridad de una compañía de la isla (uno de ellos había ido conmigo al instituto), además de unas veinte personas para la limpieza y personal para servir en las barras.
Es más, muchísimos de los invitados vienen especialmente para la fiesta desde distintos puntos del mundo y se hospedan en lujosos hoteles, comen en restaurantes caros y compran en nuestros supermercados y tiendas. ¿No es ésta la clase de turismo que queríamos atraer a la isla?
Pues bien, si realmente prohibimos fiestas que tan sólo tienen lugar una vez al año y en las que realmente no se crea mayor revuelo, más el que causan la Policía Local y algún vecino que dormiría mejor si se fuera a la cama en vez de asomarse cada media hora a ver lo que ocurre, los mismos propietarios de la casa se van a hartar de nuestra falta de hospitalidad y tolerancia y venderán su hogar para marcharse a otras islas del Mediterráneo o del Caribe cuyas leyes no se remontan a la época de Franco y donde invertirán su fortuna con mayor gusto y sin restricciones.