Diario de Ibiza publicaba hace algunos días una extensa entrevista en la que el director del Museo Monográfico del Puig des Molins trataba de explicar lo inexplicable: el hecho de que un museo único en el mundo por sus fondos púnicos y por la riqueza de su necrópolis haya permanecido cerrado desde 1995. Sine die. Porque a la pregunta que el entrevistador le hace de cuándo se abrirá, la respuesta es contundente: «¡No tengo ni la más pequeña idea!». Sea como fuere, lo que queda claro es que la secuencia de lo que durante estos últimos años se ha hecho (poco), se ha dejado de hacer (mucho), y se ha hecho mal (más de lo que cabía esperar), es inadmisible. Aunque, eso sí, el asunto tenga esa lógica kafkiana que va sumando anteproyectos, proyectos, aprobaciones, dotaciones presupuestarias, revisiones, adjudicaciones y, en fin, todas las idas y venidas –trabas, al fin– que uno quiera y pueda imaginar por mesas y despachos de unos y otros. Y a todo esto, lo que había de ser una ocasión única para ampliar las referidas instalaciones, se queda sólo en una reforma interior que no toca en nada el volumen que ya tenía la primitiva ´caja´ del edificio. Lamentable.
No me atrevo ni sé valorar el perjuicio que esta situación ha causado en una isla turística como Ibiza, pero es importante. En unos años de construcción desbocada en los que hemos tenido tiempo de construir autovías y poner la isla del revés con una aplicación desconocida, no se entiende que no haya podido ejecutarse una obra a la que hubiera correspondido un plazo de ejecución no superior a 24 meses. La conclusión a la que uno llega es, por decirlo discretamente, que todos nos hemos columpiado. Y quienes más lo han hecho no han sido los gestores del museo que han dado la murga reiteradamente dónde convenía, sino la Administración insular, que cuando el asunto llegó a cierto punto debería haber presionado en las correspondientes instancias. Por activa y pasiva. Una y otra vez. Hasta desencallar el tema, aunque sólo fuera por agotamiento. Cuando se vio que la demora era ya una descarada tomadura de pelo, la cuestión pasó a ser netamente política, pero sucedió que los políticos no quisieron enterarse de lo que pasaba. Y el resultado de la ineptitud y la desidia, como tantas veces, la pagamos todos.