Estos días en que se habla tanto de los abusos de ciertas compañías aéreas, que no son en el fondo sino ataques a la dignidad del pasajero, hablar de algunas prácticas que atentan a la dignidad de sus
propios trabajadores puede arrojar luz sobre el fenómeno y los peligros del mundo en que vivimos.
Iberia (accionista mayoritaria de Vueling y de la desaparecida Clickair), en su delegación de Ibiza, es sin duda puntera en incorporar ciertas prácticas del mundo USA, como es un completo test de drogas y exhaustivo reconocimiento médico que incluye preguntas sobre si se sufre VIH/sida o tuberculosis, en el sobrentendido de que la no superación de las mismas implica la no contratación.
Sorprenden tantas cautelas sobre la salud de sus futuros trabajadores eventuales si se tiene en cuenta que los contratos se hacen por cinco horas semanales pese a que en la práctica la jornada sea de 30 (piensen que ocurre si uno se pone baja) y consiguientemente se firme cada siete días la mejora con las horas efectivas. Por si esto fuera poco, se establece un periodo de prueba de dos meses que casi coincide con la duración total del contrato, con lo que la flexibilidad es casi total. El Tribunal Supremo admite esta última práctica y los sindicatos parecen concordar con la primera, nada que objetar pues, pero ¿no sería menos hipócrita establecer directamente el despido libre y que el Estado compensara la inseguridad resultante redoblando su protección social, al estilo danés, que permitir un mercado laboral donde la absoluta precariedad de los más jóvenes contrasta con las garantías y derechos consolidados de los trabajadores de mayor antigüedad?
Nada que objetar tampoco a que los hijos de supervisoras y empleados de la oficina de personal trabajen los veranos en la empresa, la relación filial no debería ser de por sí una causa de discriminación en el acceso al empleo, tanto más cuando existe un proceso de selección limpio y abierto, que, aunque incluye una entrevista en inglés, ello no implica –como se me aclara– que el conocimiento de esta lengua sea elemento determinante para la provisión de, por ejemplo, el puesto de administrativo de facturación.
Es ciertamente loable el modo en que Iberia combina ciertos rasgos del mundo anglosajón con algunas de las características más típicas de la cultura mediterránea y en esta línea, si el Fondo Social Europeo tiene, entre otros objetivos, mejorar el capital humano del país, y si ha subvencionado programas para la inserción de la comunidad gitana o la igualdad de la mujer en el ámbito laboral en Euskadi, ¿por qué no usarlo también para la formación de sus propios futuros trabajadores, los que se incorporarán a la empresa a la finalización del curso introductorio o incluso antes?
Felicidades, pues, a Iberia por su dinamismo y capacidad de integración cultural –¿quién dijo que ciertas prácticas eran propias de las pequeñas y medianas empresas abocadas a ellas por la rigidez de la legislación laboral y la feroz competencia?– y gracias también por hacernos redescubrir a Zola en el siglo XXI.