Creo que es el Ayuntamiento de Liverpool el que está dándole vueltas a la idea de calificar las películas donde los personajes fumen como no aptas para menores de 18 años. Si no es el de Liverpool, será el de Marsella, o el de Bruselas, da lo mismo. Siempre hay algún ayuntamiento genial, a veces se turnan. Aquí ya tuvimos una ministra, creo, que pidió a los directores de cine que escribieran guiones sin tabaco, para no crear modelos de comportamiento. He dicho una ministra, pero quizá fue un subsecretario. Siempre hay alguna autoridad dispuesta a dar la nota, a veces se turnan, etc. Por esa regla de tres, deberían promocionarse las novelas en las que la gente no tuviera carné de conducir, que el coche mata cantidad. Podríamos crear un Premio Nacional de Narrativa para historias en las que no hubiera automovilistas. Ni policías, que los polis llevan pistola (y porra) y generan modelos de comportamiento de pistola (y porra), como es lógico. Y no nos olvidemos del teatro, que también tiene su influencia. Deberían escribirse obras en las que los protagonistas no se automedicaran. O en las que sólo se automedicaran las clases bajas, sin instrucción, como queriendo decir que la falta de cultura nos impide leer o comprender adecuadamente los prospectos. Es verdad que los prospectos no los entiende ni quien los ha escrito, por lo que no debería haber tampoco ningún personaje que se dedicara profesionalmente a la creación de esa literatura perniciosa.
Quiere decirse que el Ayuntamiento de Liverpool, o de donde sea, se ha quedado corto. Sólo deberían estrenarse películas con héroes positivos y novelas con heroínas diligentes y obras de teatro con protagonistas sanos. Claro que si desviamos nuestra atención hacia las artes plásticas, ocurre lo mismo. En la pintura se incita con frecuencia al desenfreno. El mismo Velázquez lleva siglos haciéndonos reflexionar acerca de lo que quiso decir con Las Meninas. Cuadros que nos hacen pensar no pueden ser buenos porque a alguien que piensa no se le ocurriría lo que se le ha ocurrido al Ayuntamiento de Liverpool. O sea, que nos convertiríamos en una sociedad fumadora, etcétera.