Las imágenes arcádicas de unas islas todavía preturísticas y la realidad de su territorio en estos inicios del siglo XXI se parecen como un huevo a una castaña. El mítico imaginario insular que deslumbró a los primeros viajeros que nos visitaban se ha diluido como un azucarillo en un vaso de agua, hasta el punto de que muchos lugares son ya irreconocibles. Basta recuperar algunos viejos daguerrotipos de paisajes familiares y compararlos con lo que vemos ahora para comprobar las dimensiones del destrozo. Y digo destrozo porque el problema no ha sido que el paisaje cambiara por la acción humana –cosa inevitable–, sino el modo en que lo ha hecho. Ahora nos damos cuenta de dos hechos irreversibles con los que necesariamente tenemos que apechugar. El primero es que en ese maltrato del territorio hemos quedado retratados porque el paisaje refleja siempre la manera de ser y de pensar de las gentes que viven en él. Y el segundo es que nuestra actividad depredadora, lejos de acabar –las autovías, el dique y las plataformas son un último ejemplo– se mantiene a buen ritmo y sigue malbaratando la calidad de una naturaleza privilegiada que, a través del turismo, nos da de comer.
El hecho es que sufrimos una disociación esquizofrénica entre aquel universo mítico y subjetivo que retenemos congelado en la memoria y la babel que hemos creado estos últimos años, una transformación salvaje, inconsciente y llena de contradicciones con el resultado de un mundo distorsionado que nos ha cambiado la mirada. Uno diría que ignoramos el destrozo que hemos provocado en nuestro territorio como el fumador ignora, en la habitación en la que está encerrado, el humo que le mata. Y lo peor del caso es que nos estamos engañando: enfatizamos las imágenes que nos interesan –las que por el momento se han salvado de la debacle– y ocultamos o ignoramos todo lo demás, el post-paisaje. Y aunque es cierto que hoy apunta en las instituciones una tímida actitud reparadora, es muy posible que se quede en un ingenuo voluntarismo si colectivamente no encaramos las contradicciones que vivimos.
No se entiende que sigamos mirándonos el ombligo convencidos de que vivimos en el mejor de los mundos cuando lo cierto es que lo perdimos hace ya mucho tiempo. No se entiende que continuemos idealizando un territorio que, paradójicamente, seguimos ignorando y castigando con nuestro modo de vida. Les haré una confidencia: siempre había pensado que, cuando me jubilara, viviría en Ibiza. El momento ha llegado y prefiero seguir viniendo a la isla de visita. El motivo es muy simple: me gustaba lo que vi, pero no lo veo. Y me duele decirlo.