Reconocida y admitida la crisis económica, el presidente del Gobierno tuvo la extraordinaria habilidad política de coger sitio con un único y muy eficaz discurso: «Desamparados, yo estoy con vosotros». Esto, aunque no lo parezca, no es contradictorio con acudir a evitar que el sistema financiero español entrara en líneas rojas, aunque sí es muy criticable que a estas alturas nadie sepa qué se ha hecho, cómo se han utilizado y qué resultados se han obtenido de los cientos de millones de euros dados en su momento a la banca. Lo que sí parece claro es que ni estas ayudas, ni la famosa línea ICO, han redundado en beneficio de aquellas empresas, pequeñas y medianas, que se han visto abocadas al cierre por la exclusiva falta de financiación.
Con el tiempo y la crisis, nuestros desamparados han ido en aumento, de ahí que cuando hace ya varios meses se comenzó a hablar de extender la prestación del desempleo a aquellos que la hubieran agotado, no sólo se percibió cómo una medida coherente con el discurso del presidente, sino imprescindible aunque tal discurso no hubiera existido. No puede ser que la décima potencia del mundo deje abandonados a su suerte a aquellos compatriotas que por la crisis se han quedado mirando al cielo.
La medida se ha ido dilatando en el tiempo de manera innecesaria. Bastaba con que la ministra de Economía hiciera las cuentas y el Gobierno firmara el decreto. Pero no, se llevó al fracasado dialogo social, cuando en puridad es un asunto de exclusiva competencia del Gobierno. Y ha llegado agosto, mes, al parecer propicio para toda clase de sorpresas, y el Ejecutivo da el visto bueno a un decreto que visto lo visto parece que se ha escrito sólo. Se firma el decreto y resulta que no es lo que se nos dijo. Los desamparados que pueden acogerse al tal decreto de los 420 euros se consideran que son unos 300.000, es decir, una pequeña parte de los que se consideraban incluidos en el discurso del presidente.
¿Qué ha ocurrido, qué ocurre en el Gobierno para que un asunto ´estrella´ nazca estrellado? Es obvio que cuando de dinero público se trata siempre hay que poner límites temporales y tasar las condiciones en las que se puede acceder a él. Negar esto es caer en la más estrepitosa demagogia, sólo comparable a la que se ha venido haciendo antes de que se conociera el decreto en cuestión. Siempre se va a quedar alguien fuera, siempre habrá quien se sienta injustamente tratado y esto no es complicado de entender, pero cuesta digerirlo, sobre todos a los desamparados del discurso del presidente, que son nuestros desamparados, y que de verdad creyeron que ninguno iba a quedar en la cuneta.
La irresponsabilidad no es tanto el decreto. La irresponsabilidad ha sido su puesta en escena, su propaganda y, lo que es peor, consentir que la bola de la esperanza creciera y creciera.