Ante el rosario de desaguisados que se han venido sucediendo en Ibiza en las últimas décadas por el desgobierno de los políticos de turno –más de unos que de otros–, se han dado siempre dos posturas en el ciudadano de a pie: la pasividad que, salvo en situaciones excepcionales, suele ser la actitud mayoritaria y adquiere muchas formas –resignación, indiferencia, cansancio o desencanto–, y la resistencia minoritaria y quijotesca de quienes no dejan de protestar –GEN, GOB, IEE, etc.–, manifestando en todo momento su indignación y denunciando lo que conviene denunciar. En algunas ocasiones estas minorías han conseguido la complicidad popular que, en casos muy concretos –defensa de las Salinas o rechazo de las autovías– se ha hecho notar de forma masiva y contundente, pero que, sin embargo, no siempre ha resultado efectiva. Funcionó en el caso de las Salinas y no ha funcionado en el caso más reciente de las autovías. Pero la ciudadanía no debería perder de vista un dato: que el hecho de prescindir de la opinión popular, en este último caso, al anterior equipo de gobierno le costó las elecciones. Y es que la protesta colectiva, de una u otra manera, tiene su peso.
La conclusión, por tanto, es que sólo la movilización popular consigue vencer –no digo convencer, que sería lo suyo– a quienes en su momento cortan el bacalao en aquellas iniciativas que, según el criterio general, son meteduras de pata. Otra cosa es que nos crezcan tanto los enanos –que sean tantos y tan frecuentes los entuertos– que el personal se canse de protestar y manifestarse, cosa perfectamente comprensible. Porque una cómoda firma en un despacho de un Consistorio o del Consell exige después un esfuerzo imponente de movilización para frenar el desaguisado, cosa que no siempre se consigue. Ahora mismo, por ejemplo, un equipo de gobierno al que suponemos concienciado acepta el despropósito de las plataformas de es Botafoc, se desfiguran las calles de Dalt Vila con empedrados artificiales, se deja la puerta abierta a nuevos campos de golf y se nos amenaza con una aberrante reforma del Mercat Vell. Los despropósitos se siguen repitiendo. Poco sospechan las fuerzas progresistas que el hecho de no escuchar a la ciudadanía, también a ellos les pasará factura. La lástima, en cualquier caso, es que los hechos que se consuman, en muchos casos, son difícilmente reversibles.