El tiempo, dicen los clásicos, es la duración, la medida del movimiento según un antes y un después. Pero Bergson le arrebata toda objetividad asegurando que la porción del tiempo es algo subjetivo, que medimos con la experiencia íntima con la que calibramos las cosas que nos circundan, que pasan alrededor: si esperamos algo agradable, algo definitivo, la espera se nos hace infinita, parece que el tiempo no pasa, o pasa lentísimo, nuestra propia impaciencia nos hace concebir como eterna la duración, la tardanza; otras veces cuando tememos que se nos va a acabar lo que nos satisface, nos agrada, nos hace felices, el tiempo se acorta lamentablemente y nos parece un suspiro, lo que en otros momentos fue tan largo, tan lento, tan insufrible. Cualquiera de nosotros tiene ejemplos en su vida que pueden ilustrar lo que digo.
Más claro resulta comparando etapas de nuestra propia existencia. Para mí, mi infancia son fogonazos repentinos, breves, que ni siquiera tienen continuidad, si no hubiera sucesos significativos (las noches que esperaba a los Reyes, por ejemplo). Mi adolescencia fue más bien desdichada: la estructura familiar (padres, abuelos, tíos, etc.) se me deshizo en apenas tres o cuatro años, como un triste azucarillo, que tiene más existencia en el recuerdo que en el rápido presente que apenas duró.
En mi habitación tengo un hermoso ventanal, en cuyo alféizar tengo mi modesto jardín privado, en el que sobresalen dos macetas de hierbas olorosas, como la alhábega y la menta: dos ramitas minúsculas, que me encontré al azar, las puse en agua primero, y cuando echaron tímidas raicillas las puse en unas macetas que mi amigo Mario Stafforini me regaló. Mario, además de muchas cosas más, entrañables, como amigo y compañero de mundos mágicos (porque él lo sabe todo de lo insospechable, sabe chino, astrología, qué sé yo..., además de pintar como nadie en un papel inverosímil, hecho con una pasta extraña que confiere a sus criaturas un relieve casi real), guarda pequeños tesoros, desde cuentas de colores hasta caracolas grandes y diminutas, descubre belleza allí donde está escondida, casi arcanizada. ¡Qué envidia el mundo fabuloso de Mario! Él atravesó hace tiempo el espejo y recorrió con ´Alicia´ el universo de los milagros y de las fábulas. Quizá por eso hablamos tanto de tiempo, del tiempo ese que se nos escapa entre los dedos sin darnos cuenta, y sin embargo entorpece las piernas, blanquea los cabellos y ensombrece el ánimo de aquella criaturilla (mi abuelo me llamaba ´minúscula´ o ´pispajo´) que casi recién nacida, feúcha, desmereciendo el elegante almohadón, figura en un retrato amorosamente guardado por mi chacha, más afín a nuestra familia, a la que mi mismo abuelo despojó del ´Ladrón´ de mi apellido porque era republicano. Cosas... del tiempo, digo yo.
Pero también tiene un lado oscuro este durar indefinidamente, que no es indefinido. El final es la muerte, pero de eso, hoy, ahora, no quiero hablar.