Todo empezó para mí una tarde de junio, cuando me enseñaron una carta que había escrito un tal Pep Costa, a quien no conozco, y un comunicado de la Asociación de Comerciantes de Sant Antoni. Como he dicho, no conozco a este señor, pero su carta me pareció tan absurda que más bien parecía escrita por alguien con alguna rencilla personal con algún miembro concreto del mercadillo. De no ser así, no me lo podía explicar. El comunicado de la Asociación de Comerciantes estaba lleno de afirmaciones totalmente inciertas, como que se vende de todo, o de falsedades, responsabilizándonos de una mala imagen de Sant Antoni.
Nos hemos visto envueltos en una trama al estilo del viejo caciquismo andaluz, que aún sigue vigente en muchos lugares.
Un sector de los comerciantes de Sant Antoni se ha obsesionado con destruir nuestro mercadillo hippy, sin que, personalmente, pueda entenderlo. Y no sé cuando parará esta obsesión. Y el Ayuntamiento les está siguiendo en este desatino. Cuando pedimos trabajar un día más fue porque la crisis ya nos estaba enseñando los dientes y decidimos afrontarla sacándolo de nuestro ´pellejo´, como se dice en mi tierra, con el desgaste que supone el no tener ni un día libre. Cada año ha ido a menos y lo hemos sufrido en silencio, a pesar de que cada año aumentaban las tasas a pagar, a veces con subidas considerables. Ahora cuando la crisis se ha hecho aún más angustiante para un sector como el nuestro, que no tiene patrimonio ni reserva, porque sólo nos da para vivir al día, nos hacen trabajar los siete días de la semana, pero los viernes, que es el mejor día, hemos de montar los puestos en un lugar por el que no pasa nadie, menos los que van a los bares que hay en la zona, y que ya tienen su clientela. Además de esto, empezó un trato humillante como la prohibición de comer en el puesto o el pasarnos lista como si estuviéramos en la escuela o en la fábrica.
En todos los años que llevo en esto, y son muchos, y en muchos lugares, siempre comí en el puesto, pues son muchas las horas que estamos, y la gente, que ya sabe que viene a un mercadillo, lo encuentra de lo más natural del mundo, y nos dicen con simpatía el «que aproveche». Lo que sí extrañaría a la gente sería saber que nos pasan lista o que nos vieran uniformados, cosa que, al paso que vamos, puede ocurrírseles pedirnos para humillarnos un poco más. Menos mal que mi dignidad personal se basa en valores más profundos. De no ser así estaría en una profunda depresión.
Todo este trato vejatorio y poco claro fue lo que nos llevó a montar un viernes en nuestro lugar de siempre, desobedeciendo las órdenes, a lo cual me sumé por solidaridad con mis compañeros y compañeras, y por lo que pido disculpas. Fuimos denunciados y se rompió cualquier posibilidad de negociación ante la amenaza, dramática para nosotros, de retirarnos la licencia.
El último viernes estuvimos allí, al lado de la iglesia, donde no hay ni sitio para colocar nuestros puestos, con un hedor de basuras que daba náuseas, dándonos una ubicación diferente cada vez, con los coches pasando, cosa muy normal para la zona pero anormal para un mercadillo. Y nosotros allí, detrás de nuestros puestos, sin que apenas pasara nadie, pues la gente se quedaba en los bares que ya tienen su propia animación, preguntándonos a quién beneficia todo esto y a propósito de qué.
Pido en mi nombre y en el de mis compañeros y compañeras un poco de consideración. Somos un colectivo que, además de pagar nuestras tasas e impuestos, pagamos el precio de montar y desmontar diariamente nuestros puestos, de estar expuestos a las inclemencias del tiempo y de los borrachos, de no tener un alto poder adquisitivo..., a cambio de ser autogestionarios dentro de nuestros puestos y de tener un poco más de flexibilidad y libertad para usar nuestro tiempo en otras actividades y responsabilidades familiares que nos enriquezcan como seres humanos.
Y estoy de acuerdo en que la imagen es importante, pero mucho más valioso es todavía el espíritu que hay detrás de las cosas y el espíritu que pervive en la isla y en su bona gent: el de vivir y dejar vivir. Y a este sector del comercio de este pueblo se le ha olvidado esto y está generando para sí mismo y para Sant Antoni una publicidad bastante negativa.