Como cada año, vino mi familia de vacaciones a visitarme. Somos franceses pero yo llevo viviendo y trabajando aquí 30 años ya, y mi hermana no ha fallado ni un verano.
Nos fuimos a Cala Bassa (la playa preferida de mi Lola) un domingo tres mujeres y dos niños y, cuando encontramos un hueco entre las raíces de los pinos, instalamos los bártulos, dispuestos a disfrutar, como las decenas de familias que allí habían instalado sus mesas, hamacas y sillas. Estaba sola inflando las colchonetas y plantando la sombrilla cuando escuche a un señor decir: «No vaya a poner su p... sombrilla aquí». Le pregunté con educacion si se digiría a mí y me contesto que sí, que me quitara de allí. Cuando le pregunté por qué, me contesto que porque él lo decía. Me sentí tan frustrada que sólo pude argumentar que no sabía que la playa tuviera dueños o parcelas y que si me hubiera explicado con educación que el sitio era suyo, no nos habríamos instalado. Mientras cambiaba el campamento unos metros más lejos, le escuché decir: «¡Y encima, francesas...»!
La víspera de la salida de los míos fuimos a cenar para despedirnos. Después de una estupenda cena en el paseo maritimo de Santa Eulalia, mi sobrina quiso tocar la arena por última vez, así que nos bajamos a la playa, mi niña por la arena y las señoras (por lo de los zapatos) por la pasarela de madera. Unos metros antes de la orilla, había dos chicos en el paso, por lo cual pedimos paso con un ´perdón´. La respuesta fue: «Mientras no me pises la caña; si no, te la cargas». En ese momento vi las cañas de pescar en el suelo y retrocedí, pidiendo disculpas. Y entonces escuche que nos llamaban «hijas de puta» y «francesas de mierda». Parecían muy violentos, así que sólo me di la vuelta, me puse a llorar y me marché.
Es que no lo entiendo.