Odio la muerte, me supera, no sé cómo encajarla, me desborda, no la entiendo, me puede, no nos han educado para afrontarla como algo natural que sucede como una consecuencia lógica de la vida, nadie puede confirmarnos si es una transición hacia quién sabe qué o si supone un final definitivo para algo cuyo paso por el mundo es un misterio también. Odio la muerte porque no sé explicarla ni explicármela. Es un tajo brutal e injusto, siempre demasiado temprano para quien se va, pero también un abrupto corte de digestión vital para quienes nos hemos quedado aquí por alguna extraña suerte del destino, un birlibirloque criminal como una ruleta rusa. La muerte es como un ajuste de cuentas, un juicio sumarísimo contra todos los que sobrevivimos a los demás, que podemos pasarnos el resto de nuestras siempre fugaces vidas lamentándonos de no haber querido suficientemente a quienes han desaparecido bruscamente, mucho antes de que pudiesen legarnos todo lo bueno que llevaban dentro. De no haberles querido lo que se merecían o de no haber sabido demostrárselo, decírselo simplemente.
José Tauste, artista total por encima de consideraciones y valoraciones comerciales, fue el hombre que supo ver más allá de las estrellas y los momentos estelares. Ha sido un hombre que ha pasado por nuestras existencias con tanta discreción, con una austeridad tan esencial y una elegancia tan espiritual que siempre nos faltaron quince segundos para decirle cuánto bien hacía con su vida y su obra a quienes tuvimos la suerte de conocerle y admirarle. Granadino de espartana apariencia pero con la sensualidad de la luz mediterránea, ibicenca, bailándole en los ojos, Tauste ha sido el artista grande de las cosas pequeñas, si es que hay algo pequeño en el arte, independientemente de su valoración en el mercado. Él tuvo la sensibilidad para captar los detalles que a los que carecemos de esa capacidad se nos escapan. José Tauste, ¡cuánto vamos a echarte de menos! Describió como nadie las contradicciones, paradojas, equivocaciones y exageraciones de la Humanidad en creaciones de una aparente sencillez que guardaban en su interior una multitud de mensajes de amor, horror y estupefacción.
Siempre su denuncia, cuando la hubo, con un toque de suave y feliz ironía, con una delicadeza y una finura que superaba las siempre burdas, planas y vacías miradas que contemplaban sus obras como la colección de cromos de un mitómano trasnochado. Había mucho Tauste en cada Tauste y mucha humanidad en cada una de sus creaciones, la misma humanidad que transmitía la persona, sedante, analgésica, ansiolítica y antidepresiva. Fue un ser positivo, generoso, tímido y frágil en su entereza vital y artística. Un creador de belleza no por la belleza sino como una herramienta para transmitir conceptos muy profundos y trascendentes en los que seguiremos investigando inútilmente porque no tienen explicación. Al menos desde nuestra limitada perspectiva. En estos momentos concretos, odio la muerte de José Tauste, el hombre que avanzó más que los demás a pasitos cortos, pero seguros. Hasta que la misma vida, en la que tanto creía, le traicionó, y cometió un acto terrorista con él, con su creatividad y con quienes le quisimos desde la cercanía o la distancia. Nos debemos mutualmente un desayuno ¿recuerdas?