Gente que me quiere bien insiste en que escriba exclusivamente artículos memorialísticos sobre las islas y sus gentes. Argumentan que con ellos haré amigos, mientras que con los artículos de opinión sólo me crearé enemigos que, en el mejor de los casos, se acordarán de mi familia. A partir de aquí me pregunto qué mueve al articulista a dar su opinión. ¿Acaso cree, mirándose el ombligo, que su opinión importa? ¿Piensa, tal vez, que lo que diga servirá para algo? ¿Se arroga una representatividad que no tiene? ¿Busca la complicidad del lector? ¿Es víctima del narcisismo de ver su foto en el encabezamiento? ¿Trata, sin que se note demasiado, de favorecer estados de opinión? No lo sé. Algo habrá de todo ello. En todo caso, soy de los que piensan que, a determinada edad, ya sexagenario, uno no puede quedarse únicamente en construir líricas y confortables escrituras dominicales sobre etnologías, paisajes, folklores y recuerdos. Posiblemente porque, sin ética, no hay estética que valga. Y porque uno sabe que la Belleza sólo interesa como Bien. Consecuentemente, no basta describir las cosas. Conviene aclarar por qué son como son. Y cómo podrían y deberían ser.
En cuanto a los supuestos enemigos que crea la opinión, nacen del error de quienes confunden aquella opinión con dictamen o juicio, siendo que la opinión es sólo un parecer subjetivo y parcial. Importa, eso sí, que la opinión sea honesta. Y que se apoye en argumentos, no en insultos ni descalificaciones gratuitas. El articulista, reclamando el derecho al error como todo hijo de vecino, puede criticar gestiones y, por supuesto, arremeter contra cargos y instituciones. Cosa bien distinta es que tales cargos se sientan aludidos por identificar persona y cargo. Al articulista le sería más cómodo hablar del tiempo que hace y del tiempo que pasa. O callarse. Pero ocurre que algunas cosas se tuercen precisamente porque nos callamos, porque nos quedamos al margen, porque hacemos mutis y miramos hacia otro lado. Y no parece la mejor solución. La prueba la tenemos en que, cuando la opinión de la gran mayoría se manifiesta –siempre recordaré el clamor de ´Salvem ses Salines!´ o el voto que ha castigado al PP en las últimas elecciones– no suele prevalecer el interés de unos pocos, sino la voluntad general y el sentido común.