Tengan o no razón las altas instancias eclesiásticas en sus declaraciones, éstas han tenido siempre el beneficio de ilustrados y voluntariosos acólitos, caballeros cruzados que han salido en defensa de sus ilustrísimas, excelentísimas y reverendísimas eminencias. Son sirvientes que también aparecen en nuestra escala local. Tales paladines están en su derecho y muy en su papel al protagonizar esa defensa que parecen arrogarse, pero lo cierto es que sus elocuentes y contradictorios discursos no modifican en nada los hechos. Y los hechos nos dicen que la Iglesia necesita una inconmensurable dosis de cinismo para manifestarse como defensora de la vida cuando ella misma ha cometido los peores crímenes de la humanidad. Como muy bien dice Salvador Pániker –mi querido profesor de ética– «a las instituciones religiosas les agradecemos los servicios prestados y trataremos de perdonarles los asesinatos que han cometido, pero, por favor, que nos se empeñen en enseñarnos moral ni buenas costumbres, porque eso ya está plenamente secularizado».
La historia se repite y lo que está sucediendo, según todos los indicios, es que algunos vuelven a un repliegue retro que nace del miedo a los imparables descubrimientos de la ciencia, a la complejidad, la incertidumbre y la intemperie de una sociedad laica y pluralista. Pero es lo que hay. Algunos no se han enterado de que la única teología posible es la teología apofática o negativa, la que enseña que del Absoluto no sabemos nada de nada. Y que una teología de la contingencia y del azar sustituye a la caduca teología tautológica del Ser Necesario. De nada valen los antiguos metarrelatos frente a la orfandad del animal humano. Y puesto que ya no nos hace falta ninguna autoridad religiosa para preservar la vivencia de lo trascendente, la religión deviene un asunto privado que sólo incumbe a cada cual. Convendría recordar que, las más de las veces, los dogmatismos, fanatismos y fundamentalismos, nacen, precisamente, de la dimensión pública y política de las religiones. Consigamos que la sociedad genere ciudadanos responsables y solidarios y ellos mismos, en su intimidad, descubrirán la trascendencia.