No creo excesivamente en refranes y frases hechas, que me parecen parches para taponar las heridas que a todos nos provoca la siempre insuficiente cultura que se necesita para transitar por la vida. No creo en ello, pero hay que admitir que algunos de estos asertos resumen en pocas palabras el estado de cualquier situación. ´Entre todos la mataron y ella sola se murió´ es perfectamente aplicable a la situación que desde hace años vive el barrio de la Marina. El cierre del bar Can Rafal es sólo un chorrito más del incesante goteo de desapariciones y defunciones comerciales que hay que lamentar desde que Eivissa comenzó a nadar en la abundancia económica. Resulta muy difícil transitar hoy por sus calles y encontrar alguno de aquellos escaparates o lugares de ocio popular tan presentes en nuestras vidas que sus responsables formaban casi parte de nuestra familia. Son nuestra memoria históricaLas discotecas, fundamentalmente, se han comido con una voracidad apabullante de comecoco muchas de aquellas tiendecillas humildes, de honesta oferta y digna presencia para vender camisetas y CDs de inaudible contenido.
Sé que no es posible volver al pasado y que muchos de aquellos establecimientos no tenían ningún futuro. Muchos de los que quedan no tienen casi presente, pero cada una de las desapariciones físicas de aquel mapa comercial y vital tan rico y funcional me duele como una amputación como antiguo vecino del lugar y perdidamente rendido a sus encantos incluso en estos tiempos difíciles. No es Eivissa el único lugar en el que su casco histórico ha acabado convirtiéndose en una zona casi marginal. Ahí están Barcelona, Madrid o Sevilla, como ejemplos punteros de una mala gestión por parte de sus munícipes. Los habitantes originales que han permanecido en sus puestos de combate existencial han terminado sintiéndose extranjeros en las mismas casas en las que se gestó su propio árbol genealógico, invadidos por otras culturas, igualmente respetables, pero no por ello menos invasivas. El Raval de Barcelona es hoy como un Neopakistán y la Gran Vía madrileña es como un país balcánico más
Can Rafal ha sido para muchos el último bastión, el último reducto en el que sentirse parte de algo, de pertenecer a un lugar en el que casi todos hemos sido y muchos queremos seguir siendo, aunque nos pongan las cosas tan difíciles. Por muchas ferias medievales, por muchos belenes que se monten allí, nadie será ya capaz de devolverle a la Marina la esencia que va perdiendo a chorros, la personalidad de un barrio familiar, con comercios de explotación familiar, con la vida que le daban sus colegios y el griterío de los niños al entrar y al salir de sus primitivas aulas —aunque no menos primitivas que los actuales y futuros barracones—, con el estalido de color y sabor que suponía el ahora llamado Mercat Vell y su oferta de frutas, verduras y hortalizas recién cogidas del árbol que nos peritieron crecer unos milímetros por encima de las generaciones anteriores, Buena suerte, Fletxa y María.