Señora Juana González: el insulto no es respuesta civilizada ni contribuye a un diálogo que busque la verdad. Nunca me había pasado que me acusen de maltratador, menos aún de «detonante» de fibromialgia en mi familia. En los tiempos que corren, son acusaciones públicas de consecuencias imprevisibles. Me digo que no se pueden generalizar sus modos, porque conozco pacientes fibromiálgicas amables y respetuosas. No obstante, mis relaciones con su asociación son una mina para la colección de denuestos que acumula mi persona, anticipan igual castigo para quien se atreva a no seguir a pies juntillas sus directrices, y prueban que algunas fibromiálgicas personalizan cuando les faltan argumentos.
En su línea de enseñar a los facultativos lo que ya deberían saber sobre fibromialgia, los divide en ignorantes e informados según sean de antes o después del 1992. Supone así que los médicos de antes del 92 no se ponen al día y, también, que los del 92 para acá aceptan el dogma fibromiálgico según los cánones que usted dicta. Aunque después los declare a todos incapaces para diagnosticar la enfermedad, cosa reservada según su criterio a los reumatólogos, que deben reservarse misteriosos conocimientos no asequibles al resto de profesionales. No era mi intención despertar su rabia y, a pesar de la costumbre de soportar sus ultrajes, usted sí me deja estupefacto.