Hace unos cuantos días fui al tanatorio a despedirme de mi consuegra, la madre de mi nuera, y allí puse mi firma para la instalación en Ibiza de una incineradora para los que nos van dejando.
En una isla donde reside tanta gente foránea, ya sea nacional o extranjera, que desearía que los restos de sus seres queridos pudiesen ser llevados a su tierra de origen, y además ahora que hay esta tendencia tan extendida en el mundo occidental de ser incinerado, es absolutamente inconcebible que nuestra isla esté carente de este servicio del que disfrutan numerosas ciudades, y la isla de Mallorca en particular.
Yo asistí a la incineración de mi hermano Alberto en Reus (Tarragona), donde falleció, y puedo asegurar que ni por humos ni por olores, el vecindario no se percata en absoluto de lo que está pasando.
En el osario que tengo en la capilla familiar del cementerio viejo de Ibiza tengo las urnas con las cenizas de mi padre, de mi primera esposa, madre de mis hijos, de una hermana mía y su esposo, de mi hermano y su esposa. Todos ellos fallecidos fuera de la isla, pero es un gran consuelo que estén todos allí juntos con los que fallecieron en Ibiza. Naturalmente no todo el mundo tiene estas posibilidades, pero lo escribo esencialmente para demostrar la facilidad del transporte dentro de urnas de los restos de nuestros difuntos que, de no ser por la incineración, tendría un coste prohibitivo e inasumible para muchos mortales.
También asistí al entierro de la madre de mi nuera, y si es penoso ver el féretro desaparecer en el nicho, también fue horriblemente penoso respirar el aire nauseabundo que se respira en el cementerio nuevo de San Jorge. Son los restos orgánicos de la depuradora adosada al camposanto. Una verdadera vergüenza. No es el suave olor que a veces se siente a la salida de Ibiza, en la carretera de Santa Eulària, ¡que va! Es una verdadera peste, algo terriblemente vergonzoso. No sé cómo las autoridades sanitarias no toman cartas en el asunto.
Parafraseando al poeta, no me impide pensar: «Dios mio, que solos se quedan los nuestros». Pues es casi un esfuerzo sobrehumano, por los olores que hay, ir al cementerio nuevo de San Jorge. Los muertos allí enterrados no se merecen este trato tan cruel, un desprecio tan grande.