La crónica parlamentaria oficial dice que el PSOE ha renunciado a subir los impuestos a «las rentas más altas», dando marcha atrás y rompiendo el acuerdo al que había llegado con Izquierda Unida e Iniciativa per Catalunya-Els Verds. La verdad de lo sucedido es otra. Ha dejado en la cuneta a Gaspar Llamazares y a Joan Herrera para ver si, más adelante, puede contar con Sánchez Llibre y Convergència para que apoyen los Presupuestos Generales del 2010.
Deja a unos por otros, como podría dejar a CiU si hubiera en el hemiciclo una tercera fuerza capaz de ofrecerles suma parlamentaria suficiente. Esta es la pura supervivencia. Nunca antes el PSOE había pasado por una situación de precariedad política como la actual. Se diría que Rodríguez Zapatero ya no cuenta con otro apoyo político que el que le proporciona su amigo Cándido Méndez, secretario general de la UGT. Vive al día y esa precariedad le lleva a desarrollar una estrategia cambiante que desdibuja la imagen de un liderazgo comprometido con un programa político conocido, sancionado por los electores.
Cuando un Gobierno deja de ser previsible, todo se complica. El buen político es un ciudadano que domina un arte en el que lo esencial consiste en no crear más problemas de los que puede resolver. Tengo para mí que esa asignatura a Zapatero le quedó pendiente para septiembre. El pactus interruptus con Izquierda Unida e ICV es la prueba. Una más.