Aunque ahora ya le dicen lehendakari, es el mismo. Didáctico, sencillo, con escaso maquillaje, lo cual ya es mucho predicar de un político. Patxi López se presentaba antes de las elecciones como precursor de la unidad de todos los vascos, nacionalistas y no nacionalistas, de izquierdas y de derechas, creyentes y no creyentes, para un nuevo tiempo caracterizado por el fin de ETA y los debates identitarios ¿Más autogobierno para el País Vasco? «Sí, pero dentro de una España plural y una Europa más unida», decía entonces yendo de lo universal a lo particular.
Para lo más cercano, sus intenciones confesadas eran en realidad un catálogo de obviedades: convivencia, respeto mutuo, tolerancia, construcción de una Euskadi donde nadie tenga que ir con escolta, donde nadie tenga que esconder sus opiniones por miedo a expresarlas en público, donde un policía no tenga que taparse la cara o se vea obligado a encubrir su condición de servidor publico entre la vecindad, etc.
Seis meses después, Patxi López ya ha pasado de las musas al teatro. Y no defrauda en la aplicación de su hoja de ruta marcada por dos prioridades. Una, la lucha contra la crisis económica, con el diálogo social como instrumento. La otra, la lucha contra ETA, cuyo instrumento no puede ser otro que la tolerancia cero, tal y como estos días ha tenido ocasión de ratificar en luctuosas circunstancias, tras el asesinato del inspector de Policía Eduardo Puelles. Y los vascos, en primera línea.
El lehendakari lo acaba de decir: «Lo mejor ha sido la reacción de la sociedad vasca». Aunque no fue explícito en este sentido, porque en varios momentos insistió en su deseo de glosar sólo lo que tiende a unir, estaba pensando en ciertas críticas del PNV al modo de gestionar los funerales y la manifestación del pasado fin de semana en Bilbao.
La noticia de la mañana fue el anuncio de que en los próximos presupuestos de la Comunidad se suprimirá la partida destinada a ayudar a los familiares de los presos de ETA. Simplemente, lo anunció. Pero quien de verdad había sido explícita en este asunto fue Francisca Hernández, la viuda del policía asesinado en Arrigorriaga: «Nos dicen que son presos políticos, pero no es verdad, Son asesinos». A la voz de la calle no le duelen prendas para decir verdades como puños.