Ya Nicolás Sarkozy había calificado de «amoral» el capitalismo financiero. No sorprendió lo que dijo, tan lleno de razón, sino que lo dijera él. Ahora, en Ginebra, en la Cumbre Mundial sobre empleo, ha advertido esta semana sobre los errores de un «capitalismo loco». Y lo que sorprendió esta vez es que sea un hombre que pertenece a la cofradía de los que han vuelto loco al capitalismo el que lo reconociera. Sarkozy tiene claro que el capitalismo se ha vuelto loco a fuerza de no someterse a ninguna regla, pero no sé si tiene tan claro quiénes han vuelto loco al capitalismo. Supongo que sí lo sabe, pero no quiere recordárselo a sus compañeros de ideología. Lo más importante, sin embargo, es que repitió algo que todo el mundo en sus cabales debe admitir: que hay quienes persiguen que, acabada la crisis, volvamos adonde estábamos, y que eso es hacer «un análisis totalmente suicida». No es el primero que lo dice, pero que lo diga él, tan atinadamente y tan clarito, es verdaderamente encomiable. En todo caso, Sarkozy, que porque ama al capitalismo quiere hacerlo pasar por el psiquiatra, ha dicho cosas previsibles en él imprevisibles. Y no es poco mérito el suyo en un panorama en el que el discurso político es casi siempre previsible. De ahí su atractivo, a veces desconcertante.
Los socialistas tienen plazas vacantes en el Senado de las inutilidades y han decidido que una de ellas sea para su Leire Pajín. Pero el PP utiliza sus ardides para retrasar el ingreso de Pajín en el Senado. Y si los populares siguen empeñados en su operación obstaculizadora, dicen los peor pensados que por venganza, que no le perdonan a Pajín que conozca bien el sumario de Camps y sus afines, se acabarán las jornadas de trabajo del parlamento autonómico de Valencia, y hasta octubre, octubre, no habrá nada que hacer. Toma castigo. Que Pajín tenga que esperar a octubre le tiene a muchos sin cuidado, nadie teme que por eso peligren sus vacaciones o se retrase la solución de la crisis, y Pajín en bañador no echará de menos el Senado por más desvirtuada que esté su representación; el Senado es una cámara desvirtuada.
Pero lo que resulta llamativo son las largas vacaciones del parlamento valenciano, seguramente como el de otras asambleas autónomas, cuyo ritmo agotador de trabajo le hace perder la cabeza a su presidenta hasta llegar a alterar las reglas de juego democrático con indisimulado descaro; exigirle un concepto de la lealtad institucional a doña Milagrosa Martínez sería totalmente ingenuo. Y no es que el ciudadano tema que dos meses largos sin actividad parlamentaria no pueda resistirlos una democracia como la nuestra, con alguna de sus instituciones en el juzgado, si los juzgados no cierran tanto tiempo como parece, pero a la hora de declarar a Hacienda en estos días es posible que el votante, como tengo escrito, empiece a hacer cuentas de por cuánto le sale la holganza de sus representantes y el espectáculo denigrante que a veces se le ofrece a un alto precio. Siempre que se habla de largas vacaciones salen a relucir los profesores, que abandonan la escuela entrado julio y vuelven no bien empezado septiembre por un sueldo más modesto que el de sus señorías. Los diputados en cambio, a juzgar por lo que sucede en Valencia, creen que el país hasta octubre no los necesita. Y tal vez no se equivoquen. Además, para hacerle la puñeta a Leire Pajín, cuantas más vacaciones se tome el PP, mejor. Nadie descartaría que quieran volver en diciembre, pero en diciembre empiezan otras vacaciones y ellos no perdonan un descanso.