El problema de los problemas es que se cruzan y se acumulan y cuando la gota que desborda el vaso cae fatalmente fuera del tiesto empezamos a confundirnos, a buscar las causas entre la maraña con que la fatalidad ha ido envolviéndonos y a improvisar soluciones a la desesperada que pueden ser la raíz de otros muchos problemas. Y así sucesivamente. Se quejan los comerciantes de Vila de que la falta de aparcamientos de la ciudad contribuye a la bajada de las ventas y probablemente no les falta razón. A mí me ha ocurrido también ir en coche hasta el centro en busca de algún artículo concreto y he tenido que regresar con las manos vacías al punto de partida. Pero, como todos los argumentos, éste tiene también diferentes interpretaciones que no conviene desestimar. Quizá la más evidente sea nuestra mala costumbre de motorizarnos para desplazarnos cuando la distancia a recorrer supera los cien metros. Aparcamientos hay, y lo demuestra la gran cantidad de coches que los ocupan. Lo que quizá debiera preocuparnos es el exceso de vehículos que tanto en invierno como en verano saturan nuestros núcleos urbanos.
Ibiza, en su pequeña globalidad, no es una isla diseñada para albergar un parque móvil tan impresionante como el nuestro. Sus primeros urbanistas no podían prever esa invasión motorizada que nos han traído los años y el progreso económico y los segundos urbanistas desestimaron tontamente esta ya visible realidad, creando repentinamente de la nada estéril una sucesión de nuevos barrios que repitieron obsesivamente los defectos de la zona antigua. La creación de un nuevo mapa urbano con una tupida red de calles estrechas y oscuras incluso a mediodía, el aprovechamiento de cualquier milímetro de territorio para construir espantosos nuevos barrios con edificios que no contaban con plazas propias de aparcamiento, olvidando esponjar un poco tanta construcción para abrir espacios en que los coches y motos cupiesen holgadamente, la tolerancia mil para que el casco antiguo fuese despoblándose en un triste éxodo hacia las zonas nuevas y un montón de circunstancias más —de las que todos somos culpables— han ido alimentando a ese monstruo hasta convertirlo en imbatible.
La delicada situación económica actual ha venido sólo a emporar un poco más las cosas. Poca gente sale de casa para comprar o comer con la alegría con que salía antes. Establecimientos que anteayer rebosaban de público y de éxito ven hoy cómo sus clientes habituales y los potenciales pasan de largo y deprisa para no dejarse caer en la tentación. La vida de los artículos no perecederos se alarga y se alarga hasta extremos impresionantes. Remendamos y parcheamos los coches, la ropa, los electrodomésticos, el mobiliario y todo lo que antes se cambiaba casi cada temporada por puro capricho. Tocan tiempos de ascetismo, doctrina que no contempla con muy buenos ojos el consumismo voraz al que estábamos abocados con tanta facilidad financiera como teníamos hace dos telediarios.