El próximo domingo estamos llamados de nuevo a las urnas para elegir a nuestros representantes en el Parlamento Europeo, a los diputados españoles en esa asamblea legislativa de Estrasburgo que representa a la incipiente soberanía europea y que aún percibimos demasiado lejos.
En las instituciones comunitarias se toman ya decisiones trascendentales para muchos ámbitos de nuestra vida cotidiana, pero todavía no somos plenamente conscientes de ello; quizá por eso estas elecciones continentales despiertan tan poco interés entre los ciudadanos y los grandes partidos optan por aplicar grandes dosis de demagogia para avivar las reyertas y excitar las bajas pasiones como única forma de movilizar a su respectivo electorado.
El futuro de Europa, que debería ser el gran eje de esta campaña, es en cambio el último de los argumentos. No hay debate constructivo alguno. Los mensajes electorales que se cruzan los principales contendientes hablan de aviones, trajes, corrupción, jueces o querellas, pero no contienen propuestas a la ciudadanía para avanzar en la integración europea, ni para lograr que la UE sea el día de mañana una realidad más sólida, más cohesionada socialmente, más próspera, justa y solidaria, sino basura dialéctica a modo de munición para desacreditar al rival y destrozar su credibilidad, sin darse cuenta de que a base de griterío, insultos y golpes bajos son ellos mismos, y por extensión el sistema, los que acaban desprestigiados. Con esa estrechez de miras sólo logran abonar el desencanto de los ciudadanos, los escandalosos niveles de abstención o el voto de castigo que va a parar a opciones marginales, radicales o extravagantes.
Uno de los elementos esenciales de la democracia es la participación, y la participación supone implicación y compromiso, que a su vez refuerzan la legitimidad de las mayorías. Las fuerzas políticas europeístas –que en España son todas porque aquí el euroescepticismo por suerte no ha calado– tienen el deber de hacer mucha pedagogía política, especialmente con su conducta y su ejemplo, para involucrar a los electores y proporcionar a la construcción de Europa el impulso social que requiere para salir del estancamiento seguir avanzando.
En realidad, PSOE y Partido Popular sólo aspiran a presentarse como vencedores de estas elecciones para poder presentar el resultado como un refrendo popular de su respectiva actuación en la política española. Es una pieza más de su estrategia. Pero me temo que el gran vencedor de estos comicios volverá a ser la abstención, incluso acrecentando los altos índices de anteriores europeas. Será un nuevo revés, la expresión de un desapego creciente que no sólo no son capaces de frenar, sino que incluso alimentan de manera irresponsable.
Fomentando la deserción o el hastío de los electores no vamos a construir jamás la Europa que necesitamos.