Uno celebra y agradece todas las intervenciones públicas y privadas realizadas estos últimos años en Dalt Vila: limpieza de las murallas, recuperación de rondas y baluartes, museización, adecentamiento de calles y fachadas, rehabilitación de la Curia, can Comasema y el Polvorín –de Can Botino prefiero no hablar–, ampliación del MAC, Colegio de Arquitectos, transformación del Seminario, hoteles como El Palacio, El Corsario, La Torre del Canónigo y El Mirador o acciones inminentes que pueden ser asimismo determinantes, como la consolidación del Revellín y el futuro Parador de turismo. Cabe alegrarse de todo ello. Pero al analizar lo que se hace, cómo se hace y lo que se deja de hacer, uno comprueba que casi todas las iniciativas y proyectos van en una misma dirección: la promoción turística del recinto amurallado. En otras palabras: ¿quiere el Consistorio recuperar Dalt Vila como un barrio más de la ciudad y devolverle la vida que tuvo –hacerla, en fin, más habitada y habitable– o su objetivo es subrayar sus valores patrimoniales de manera que nuestros turistas encuentren un aliciente cultural en la ciudadela?
Es evidente que nos dirán que uno y otro objetivo son deseables, asumibles y compatibles, pero lo cierto es que de los tres ejes que deberían orientar las intervenciones que decimos –patrimonio, imagen y habitación–, sólo se están trabajando las dos primeras, sin que se hayan hecho mayores esfuerzos en conseguir que el recinto fortificado incorpore vecinos. En este sentido, casi todo está por hacer. Hay que redefinir la zona del antiguo Hospital, que parece salida de un bombardeo. Necesitamos instrumentalizar ayudas y procedimientos que fomenten la iniciativa privada, de manera que la rehabilitación llegue a todos los rincones y no se quede en el escaparate. Dalt Vila tiene condiciones excepcionales para convertirse en un enclave urbano privilegiado, emblemático y grato de vivir. Pero el Ayuntamiento tiene que crear las condiciones de habitabilidad que exige el vecindario. Está bien que nos ocupemos de las piedras, pero ha llegado el momento de ocuparnos de las personas. Lo hemos dicho y lo repetiremos las veces que haga falta: Dalt Vila no puede ser, únicamente, un escenario medieval