Marilyn Monroe adopta su actitud más seductora. John Wayne tuerce característicamente el gesto y ladea garbosamente su sombrero de vaquero. James Stewart parece más que nunca el hombre que sabía demasiado y Cary Grant vuelve a ser el galán antonomásico de sus mejores tiempos. Charlie Chaplin levanta de nuevo al público de sus butacas con su pantomima sobre los pequeñajos dictadores y Audrey Hepburn deja otra vez tras de sí ese perfume de distinción que siempre adornó su icónico rastro. Henry Fonda repite su rol más divertido, ´Una encuesta llamada milagro´, y Jerry Lewis recoge una nueva cosecha de carcajadas con cualquiera de sus hilarantes creaciones, aunque queda un poco por detrás del casi siempre terrorífico James Cagney enfrentándose a Horst Butscholz en ´Un, dos, tres´. Es la feria de los sueños para una Eivissa muy necesitada de una zanahoria en la que despositar sus esperanzas de llegar a final de trayecto sin excesivos traumas. Es el lugar en el que se cuentan a oscuras las historias que nadie admitiria jamás haber creído a las claras del día. Es otro mundo. Es el Pereira.
Marisol recoge azuzenas del camino mientras se echa un cantecito y Burt Lancaster desafía a algún enemigo superpoderoso mucho antes de que Sean Connery se vista la licencia para matar frente a una Ursula Andress todo esplendor. Manolo Escobar anticipa el cine de barrio casi a la vez que Lauren Bacall enseña a silbar a Humphrey Bogart, y Doris Day se calza el pijama para dos que Rock Hudson nunca quiso compartir. Louis de Funes nos demuestra cómo se puede fracasar ante un criminal tan previsible como Fantomas y Jane Fonda emerge cual sinuosa Barbarella preaerobic. Claire presume de genou ante un público que sólo se la destapará unos años después y los adolescentes del momento sueñan con Babette Bardott. Sofía Loren arranca las lágrimas mejor guaradas del fácilmente impresionable patio de butacas y Marcello Mastronianni hace soñar a la entonces sección fememina con algún pescador o agricultor igual de bien parecido. Es el lugar en el que se reúne la sociedad ibicenca para olvidar que mañana no sabe qué dará de comer a sus retoños. Es la fábrica de las ilusiones, o una de sus sucursales. Es el Pereira
Mary Carrillo lucha impotente contra la decisión de su hija de suicidarse y las huestres de Pedro Cañestro y Merche Chapí crean en Eivissa las primeras ilusiones escénicas, los sueños de que uno puede convetirse también en generador de sueños aunque los propios queden sistemáticamente en algún rincón del camino. Es el lugar donde resuenan los primeros acordes de rancias zarzuelas y megalomaníacas óperas. Es nuestro Liceo, nuestro María Guerrero, nuestro Palacio de la Luz, nuestro Broadway y nuestro Soho. Es el Pereyra, que durante veintidós años ha dormido el mismo sueño de las estrellas que acunó entre nubes de polvo y cáscaras de pipa. El Pereyra inicia de nuevo la marcha lamiéndose las heridas, las mismas que las nuestras, mal comparado. El Pereira marcará de nuevo el paso cultural de la ciudad y, por qué no, de la isla. Como decía Galileo, ´E pur si muove´, o como afirmó Federico Fellini, ´E la nave va´.