Me los cruzo junto a la catedral y frente al Ayuntamiento de la city, todos con sus paraguas e impermeables, los mismos que probablemente utilizan en sus frías ciudades de origen. Van en grupo indivisible, con paso firme y casi marcial, no vayan a perderse en tierra extraña, escuchando sin excesiva atención ni mucho interés las desapasionadas explicaciones de los guías. Son los primeros grupos de turistas que llegan a Eivissa. Están desconcertados, como todos los turistas que llegan a un lugar del que se les han ceado grandes expectativas que, una vez in situ, resultan ser más falsas que un euro de madera. Qué les importa a los visitantes de temporada chunga el Patrimonio de la Humanidad y los atractivos culturales de la isla cuando, en realidad, lo que les han prometido que podrían tumbarse al sol junto al mar o la piscina del hotel para lucir bronce al regreso de sus vacaciones. La visita a Dalt Vila es como un impuesto revolucionario que pagan de mala gana como coartada cultural de un viaje con fines exclusivamente festivos.
La denominación de origen de Eivissa es exactamente la contraria de la que dicen defender las autoridades del sector. El sol, la playa, la disco y la cerveza a precios de saldo siguen siendo nuestro hecho diferencial y cambiar este estereotipo es como intentar cortar un diamante con el cuchillo de postre. Las murallas, nuestro todavía depauperado castillo y la sencilla catedral no pueden compararse a los magníficos castillos ni los espectaculares templos de su Reino Unido. Para murallas, la china y para cultura, Grecia.
Una vez concluida la visita, abreviada a causa de la desapacible meteorología, regresan todos bovinamente al autocar para regresar a sus impersonales y fríos hoteles a degustar un roast beef de plástico y una insípida salad adquirida al por mayor en algún aséptico y gris ultramercado insular. No se han parado en cualquier bar para tomar un reconfortante café ni han entrado en ningún establecimiento para disfrutar de la oferta complementaria ni se plantean saltarse el criogenizado menú hotelero para interesarse siquiera por la rica y cálida gastronomía local.
Eivissa, para ellos, será en el recuerdo una isla bañada en castrante lluvia, una noche de karaoke en el hotel y un autobús que les conduce de un lugar a otro en las excursiones. O sea, que sí hubo turismo esta Semana Santa (poco, pero lo hubo) pero nadie nota sus beneficios económicos porque el touroperador y el hotel han capitalizado todo su poder adquisitivo. El todo incluido, el ´peor es nada´ para la industria, no es sólo perjudicial para los demás sectores que ven los cien pájaros volando sin poder pillar ni uno con la mano. Lo es también para el conjunto de la isla, reducida en su enorme belleza y posibilidades al goce de un turista que no la valora porque se la malvende como un paraíso artificial más, un lugar de enclaustramiento en el que achicharrarse al sol, emborracharse en el pub y jugar la canasta en las aburridas tardes de lluvia. Quien dijo desestacionalización que calle para siempre.