Tiempo de crisis, tiempo de oportunidad. Ahora anuncian el invento de lo que llevamos de siglo, el balón intragástrico, un globo que meten por la boca del paciente, lo instalan en el estómago, lo hinchan y ocupa un espacio que, de otra forma, se llenaría de comida. La gran fábrica estética, hasta ahora famosa por financiar el tamaño de los pechos, el borrado de las arrugas, la extracción de los untos, implanta un pedo embolsado que no se puede tirar y acelera la sensación de saciedad.
Lo que busca el G-20 es un balón intragástrico. Todos los países capitalistas, todos los presidentes, todos los ministros de Economía, directivos de bancos centrales y de organismos económicos, están de acuerdo en que el apetito es saludable y una demostración de ello es que los enfermos es lo primero que pierden, pero a la vez, al olor del pedo global de los negocios, están buscando la forma de evitar que sea insaciable, la manera de modificar la conducta bulímica del capitalismo financiero.
Lo que más les gusta es que, como el balón intragástrico, los controles de la economía y las regulaciones financieras operen desde dentro, es decir, desde dentro del sistema. Los directivos de la aseguradora AIG han devorado en incentivos (por hacerlo mal) 128 de los 130.000 millones de euros inyectados por el gobierno estadounidense y los contribuyentes están indignados. La frase más popular estos días es «¡que dimitan o se suiciden!», una solución imperial japonesa propuesta por un senador republicano de Iowa. No: que dimitan o que les implanten el balón intragástrico.