BARCELONA | XAVIER DOMENECH
Refería Baltasar Porcel, en un coloquio en 2006: «Lluís Prenafeta me contó que cuando entró a la Generalitat con el presidente Pujol eran dos señores bajitos y algo gruesos que llegaban sin saber demasiado qué debían hacer». La imagen es verosímil; por aquellos días Pujol le dijo a Prenafeta: «Lluís, ahora mismo la Generalitat somos tú, yo y este despacho».
El presidente, apenas elegido, con una visión clara del país que quería construir, necesitaba a su lado un fontanero eficiente que pusiera en marcha y mantuviera engrasadas las máquinas, y ese miembro de una familia de empresarios de la piel –Típel, donde en los años ochenta trabajaria Artur Mas como director financiero y donde Jordi Pujol hijo tendría el primer empleo–, que le había sido recomendado por Marta Ferrusola, parecía capaz de hacerlo y además le profesaba una lealtad absoluta.
Secretario general de la Presidencia desde 1980 hasta 1990, a Prenafeta se le atribuye haber recibido dos líneas principales de tra ajo. Por un lado, la relación del gobierno y el partido con el mundo financiero, un trabajo en el que iba de la mano, entre otros, con Macià Alavedra, configurando el que se denominó sector de los negocios dentro de CDC, y que era visto con recelo por los sectores procedentes de la militancia cultural y profesional. Por el otro, la política de comunicación, tanto en el ámbito público como en el privado, un terreno en que el pujolismo siempre ha intentado y nunca ha conseguido disponer de medios propios.