EFE
Ex soldados camboyanos que fueron víctimas de las minas antipersonal mientras luchaban contra el Jemer Rojo sobreviven como músicos de las propinas y donativos de los turistas que visitan los templos de Angkor.
Abandonados a su suerte por la autoridades, con una formación limitada al manejo del AK-47 y otras armas de fuego, y rechazados para hacer cualquier otro tipo de trabajo a causa de su discapacidad, la música devolvió una vaga esperanza a unas personas que, en su mayoría, llegaron a valorar el suicidio como un remedio a sus mutilaciones.
Uno de cada 385 camboyanos sufre lesiones por culpa de las minas antipersonal, una de las proporciones más elevadas del mundo.
Antes de la salida del sol, varias orquestas entran en el recinto del parque arqueológico junto a los turistas más madrugadores y se dirigen al sitio que tienen asignado.
En ese lugar, repiten cada día el mismo ritual. Colocan los instrumentos, se despojan de las prótesis y empiezan a tañer flanqueados por carteles que explican su situación al visitante.
Mientras suena la música algunos turistas pasan de largo con miradas de reojo. Otros se paran un instante para sacar una foto.
Muy pocos depositan algún billete en la urna de los donativos que al final del día se reparten solidariamente entre los componentes de la banda.