—Parece que tiene plaza fija en el Ibiza Jazz.
—Sí y es un honor. Hacemos un evento propio dentro del festival con este Ibiza Jazz Experience. Es bueno porque potencia que el jazz crezca. La gente que participa en los grupos que monto cada año para Ibiza es muy representativa del país. Es muy loable la iniciativa del festival y tiene una respuesta muy buena porque cada año el público encuentra un formato diferente. No es la misma banda todos los veranos. Este año será muy impactante. Son dos pianos en escena, que es algo que no se ve mucho, un formato curioso. Quise contar con Albert Sanz, un pianista al que admiro profundamente. Es, en España, el que más me gusta cómo toca y cómo concibe la música. Será toda una experience. Un instrumento multiplicado por dos, un buen sonido y el baluarte, que tiene mucha química. Es un lugar en el que se toca muy relajado a pesar de ser un escenario grande. Hay intimidad. Y luego está Ángela Cervantes con su voz.
—Ensayan juntos por primera vez apenas dos días antes de tocar. ¿Saben dónde les llevará el concierto?
—Siempre dejamos una puerta abierta. El repertorio está cerrado, pero nunca sabes qué sucederá y eso es lo bonito de esta experiencia. En Ibiza Jazz Experience nos juntamos gente que no tocamos juntos habitualmente. Aprovecho para tocar con músicos que admiro. El resultado depende de cómo surjan los ensayos y de la química entre los músicos. Suele ser algo bueno, pero con un margen de incertidumbre alto. El jazz es interpretación, aunque tengas un material determinado. Para improvisar necesitas dar fe de lo que está sucediendo en ese momento con los músicos y el público.
—¿Es una manera de buscar experiencias únicas?
—Sí. El resto del año todo lo que hago es bastante más predecible. Aunque soy yo quien elige a los músicos, lo hago sin experiencia previa con ellos. Es meterme en un berenjenal. Y sí, es buscar una experiencia única.
—Es pianista, compositor y profesor. ¿Es capaz de quedarse con una sola de estas facetas?
—Creo que no. Van juntas. Son inquietudes que cristalizan en las demás. Dar clases te hace tocar de otra forma. Componer también te hace tocar y dar clase de otra manera. Están constantemente complementándose. Tengo colegas que se especializan en un área. A mí a veces me gustaría poder hacer eso con cada una de las facetas, pero es que me llaman todas. Creo que por cómo soy haciendo solo una de las cosas echaría de menos las demás. Me gusta especialmente dar clases. A veces me preguntan si aún hay que ser profesor para vivir de la música. Y no. No es mi caso. Es necesario que exista un ambiente docente en la música. Enseñar lo que sabes es fundamental.
—¿Qué es el jazz para usted?
—Para el que quiere tocar y vivir esto a tope el jazz es casi una religión, no un trabajo. Tiene un componente muy espiritual, le dedicas todo el santo día y todo acaba llevándote a él. Acabas viéndolo todo en clave de jazz.
—¿Y quién es Dios?
—[Ríe] Hay muchos. Es una religión politeísta. Es lo bueno que tiene, que no hay veneración de un dios único. Pero no preguntes por los mandamientos que no los controlo mucho.
—¿Y los pecados?
—Los hay. Los hay. [ríe] Y se ven bastante. El principal pecado tiene que ver con el rigor. A veces, los propios músicos de jazz somos demasiado permisivos con la falta de él en ciertas propuestas, aunque quede reaccionario. Hay festivales e instituciones que hacen la vista gorda con propuestas que carecen de rigor. Es el único pecado que se me ocurre.
—Vaya, que a veces los grupos de jazz ultracontemporáneos que nos venden como lo más en realidad no valen nada.
—Hay de todo, pero a veces sí hay lugar para el fraude y a los que tocamos esta música nos duele. Estás haciendo algo de lo que a veces es difícil tirar como para que encima haya algunas propuestas que destrocen la credibilidad. Los que vivimos de esto debemos ser defensores a ultranza de la calidad y el rigor.
—¿Qué placer encuentra en cada una de sus facetas como músico?
—Interpretar es lo más directo, de sangre. Es como pasar a limpio un texto o una idea. Es la única de las disciplinas en la que hay un feedback. Es un acto comunicativo. Estás diciendo algo que va a tener un impacto que vas a notar, guste o no a la gente, en forma de energía. No puedo contar más de cuatro o cinco ocasiones en mi carrera en las que haya notado esa energía de forma brutal. Solo por eso vale la pena ser músico. Es increíble. La última fue en el Lincoln Centre de Nueva York, con el cuarteto de Bill Goodwin. Hablo de sentir el calor del público. Parece un cliché, una frase hecha. Es una trampa del lenguaje porque no puedes usar otras palabras. Solo por ese calor y energía vale la pena ser intérprete. Tocar es lo más directo en contraposición a algo que tiene que ser más meditado, la composición. Wayne Shorter decía que componer es improvisar despacito y que improvisar es componer rápido. Es el mismo proceso pero cambia el tiempo. La composición trae consigo pensar, hacer elecciones. Es elegir, como dice mi amigo el saxofonista Jesús Santandreu, cuál es la nota más bonita que puede ir detrás de ésta.
—Parece sencillo.
—Es tan fácil como difícil. Todo se acaba reduciendo a lidiar constantemente con el gusto. Es muy interesante. A mí es que me gusta todo.
—¿También enseñar?
—Sí, enseñar esta música, este lenguaje, a gente que tiene un nivel bajo, que necesita asimilarlo casi desde cero, es muy interesante. Al enseñar estás constantemente poniendo en duda los cimientos de lo que es esto a lo que te dedicas. Y cada vez que los pones en duda los haces más sólidos y los entiendes mejor. Eso es lo más fascinante de las clases. Sin ninguna vanidad, es maravilloso ver que alguien ha asimilado lo que le has enseñado. Los que damos clase podemos caer muy fácil en el síndrome de Pigmalión, y eso, pensar que por el hecho de formar a gente estás creando personas es vanidad pura. Me parece peligrosísimo. Es bonito ser consciente de que has ayudado a alguien a formarse y a tener una capacidad para expresarse artísticamente. Es muy gratificante.
—Tiene multitud de proyectos y grupos. ¿Cuándo descansa?
—Pues lo de Ibiza es de las pocas cosas que he hecho este mes. Es la primera vez desde hace cinco años que he tenido vacaciones y han sido dos semanas fantásticas. Las necesitaba porque este curso he tenido mucho trabajo. Dar clase en dos escuelas con alumnos con mucho talento requiere mucha energía. Eso, sumado al disco que edito este año, ´Zigurat´, es mucho trabajo. Viene todo junto y descansar se hace complicado.
—¿Qué es ´Zigurat´?
—Es un encargo que me hizo Joana Machado. Me entregó una selección de textos de poetas portugueses e hice un disco a partir de ellos. Es la cosa más nómada que he hecho este año porque tenía que grabar en Oporto, Sevilla, Barcelona… He dormido poco, la verdad, pero es una forma muy bonita de trabajar. El jazz es algo que impregna toda tu vida y a pesar del trabajo sería muy infeliz sin él. La sensación de parón es la que me mata.
—¿Ha descansado en vacaciones?
—Sí, pero aunque me lo pasé genial en Alcácer do Sal, en el Alentejo portugués, el coco seguía trabajando. De hecho, se me ocurrió algo que dio lugar a una pieza que voy a tocar aquí. Me enseñó la melodía, de forma casual, una señora que se llama Luz. Una tarde después de comer nos sentamos en el café del pueblo. Estaban los sobrinos de la señora y nos preguntaron si nos gustaba el fado. Dijimos que sí y se puso a cantar. Cantaba como los ángeles. Mira [pone la grabación en el móvil]. Es impresionante la afinación y la expresividad de esta señora. Se me ocurrió una idea que será mi próximo disco. Lo que quiero es que la melodía, con sus adornos y todo, conserve la esencia de lo que esa señora cantaba. No sé si en dos años, que es el plazo que me he puesto para llenar de contenido este disco, voy a encontrar muchas señoras como ella, que canten de esa forma. Seguramente también incluya un tema de Abbey Lincoln, la última gran dama del jazz, que ha muerto hace 15 días. Y cosas que encuentre y que tengan algo de tesoro.
—Habla de Abbey Lincoln. ¿En el jazz hay que mirar atrás de vez en cuando?
—Sí, es fundamental. El jazz es la extensión de la tradición. Eso implica un movimiento de algo que tiene su solidez. Es un lenguaje que tiene su gramática, sus variantes, pero también su ortodoxia. Como todo lenguaje hay que conocerlo y mirar atrás. Lo que hablaba antes de la falta de rigor tiene mucho que ver con no tener una noción realmente sólida de que esto es una tradición que hay que conocer y, a partir de ella, puedes ser lo libre, creativo y transgresor que quieras. Pero hay que hablar el idioma. Ahí está la eterna disputa sobre si hay un jazz europeo en contraposición al americano.
—¿Y lo hay?
—Son paparruchas. Creo que ése es un debate estéril. Complica cosas que son mucho más simples. Cada uno hace la propuesta que quiere. Mirando los discos de un mismo músico ves que ha hecho cosas que están en las antípodas unas de otras. No hay que mirar desde un ángulo y querer venderle al mundo que ése es el punto de vista correcto. La ortodoxia, el paso del tiempo, mirar atrás, es fundamental porque es el código común con el que te puedes entender con músicos de todo el mundo con los que no has tocado jamás. Es maravilloso. ¿Cómo lo vamos a convertir en algo traumático?
—El pasado está ahí, pero ¿dónde está el futuro del jazz?
—A saber. Incertidumbre total. En los 80 y 90 hubo un boom muy fuerte de la ortodoxia, la tradición más clásica, el hard bob de los 50. A finales de los 90 y en la década actual se han bajado los tiempos, se sigue tocando swing, pero incorporando ciertas sonoridades más profundas, místicas diría. Estoy pensando en gente como Mark Turner. Se ha sofisticado la expresividad. Tiene mucho que ver con la rítmica, cada vez es más común encontrar composiciones rítmicas poco usuales. Armónicamente también se ha sofisticado. Lo fantástico de esto es que no hay nadie que mande. Es una tendencia, como la moda. Hay gente que planifica su carrera en función de lo que los gurús hacen. Es un error. Tienes que hacer la música en la que crees. Es muy bueno escuchar discos nuevos y ver cómo exploran el género. Al tiempo que te digo esto puedo hablar de infinitud de excepciones, como Keith Jarrett, que acaba de sacar un disco fantástico de versiones de toda la vida con Charlie Haden. Te sientas a escucharlo y te quedas en la silla fascinado. ¿Hacia dónde va el jazz? Es algo complicado de explicar con palabras.
—Ha mezclado el jazz con magia, con poemas, con fotos… ¿No tiene complejos?
—No, y eso es bueno. A veces se nos olvida que aquello que creamos debe tener una conexión con la vida. Uno tiene que hacer lo que siente, ser sincero contestándote a preguntas que te haces a ti mismo. ¿Qué me gusta? ¿Qué siento? ¿Qué debería estar tocando? Eso da una dirección. No puedes decepcionarte a ti mismo. A veces se nos olvida ese referente de realidad, la relación que debe haber entre lo que haces y cómo entiendes la vida. Tus experiencias, buenas o malas, se traducen en creación. Un estado de ánimo te hace tocar de una forma determinada. Eso es bueno. Y no solo en la música. Me fascina buscar la correspondencia entre las fotos y la música, como hice en el disco ´Playing on light´, en el que puse banda sonora a siete fotografías. Pero lo más friky de todo fue lo de la magia. Es un disco que, fuera del espectáculo para el que se compuso, resulta. Tiene mucha magia. A veces las cosas que no están premeditadas, las que te encuentras, funcionan. Al final, intentar extrapolar las fotos, la magia, los poemas o la suela de un zapato a la música hace que aquello que tocas tenga más peso y una correspondencia más clara con lo que te inquieta, con tu color favorito… contigo, en definitiva.
—¿Es capaz de ver o sentir algo sin pensar en música?
—¡Uau! Sí, pero es muy difícil. Hago meditación todos los días y entonces sí. O cuando duermo. Fuerzo la quietud y el silencio. Lo hago para intentar que todo esté ordenado. El caos es bueno en la medida en que tú eres el filtro de ese caos. Hace falta un cierto equilibro. A la música hay que darle el lugar que le corresponde. La música es importante, sí, pero forma parte de un todo.
Músico por vocación
Abe Rábade comenzó su formación musical bien temprano, a los cuatro años, y desde entonces no ha parado. Este gallego es intérprete, compositor y profesor. Editó su primer disco ´Babel de sons´ en 2001. A él han seguido ´Simetrías´, ´GHU!´, ´Nordestin@s´, ´Jazz in Galiza series´, ´Playing on light´, ´Rosalía 21´, ´Aloumiños de seda´, ´Jazzia´, ´Open doors´, ´Abe Rábade piano solo´ y ´Open Doors Live´. Ahora está a punto de ver la luz ´Zigurat´, en el que pone música a poemas de algunos de los más importante poetas portugueses. Ya tiene en mente el que será su próximo trabajo, para el que encontró la inspiración durante sus vacaciones de hace unas semanas en Portugal y que, de momento, tiene como protagonistas a los fados y a Abbey Lincoln. Además, es director artístico del Seminario Permanente de Jazz de Pontevedra y profesor de la Escuela Superior de Música e Artes do Espectáculo en Oporto, Portugal.