SANTA EULÀRIA| NAHUEL L.A.
Son las siete y media de la mañana. Los vendedores colocan las estructuras de sus puestos. Extienden telas de variados colores sobre sus altísimos tenderetes. Esta es una acción vital: la temperatura de agosto en es Canar es infernal y necesitan refugiarse del sol. Para tal fin, los vendedores no dudan en recurrir a cualquier objeto que les ayude a ganar unos centímetros de altura: utilizan desde escaleras de plástico hasta pequeños taburetes.
Entre ellos prima el compañerismo y no es difícil encontrar a comerciantes que, en un momento determinado, ayudan a un vecino. De esta forma también colaboran para tapar con telas las callejuelas del mercadillo. Así, con la sombra, los turistas están más dispuestos a comprar.Tampoco es complicado encontrar a niños que, aprovechando el verano, acompañan a sus padres echarles una mano. Muchos de ellos, después, se van a jugar por las laberínticas calles de las instalaciones del hotel Punta Arabí. Coches y más coches llenos de barras de hierro, telas y mercadería entran y salen del recinto del mercadillo. A veces hay algún problema de tráfico porque todos los comerciantes necesitan acercar el vehículo lo máximo posible para poder montar el puesto. La imagen de los madrugadores vendedores contrasta con algunos turistas que vuelven de su noche de marcha. Estos, pese a no haber salido el sol, se desplazan tambaleantes entre los puestos, extrañados de ver tanta actividad. Los trabajadores del hotel también están al pie del cañón. Saben que, poco a poco, a cuenta gotas, los comerciantes del mercadillo se acercarán a la cafetería y al bufé libre para desayunar. La decoración es un factor muy importante a la hora de vender. «Mi madre y yo tardamos unas cuatro horas en montar el puesto», explica Alba Cadaval, que lleva siete años vendiendo en es Canar.
Los descuentos germánicos
El hotel hace una oferta especial para el desayuno: café con leche y cruasán por un euro y medio. Sin embargo, muchos prefieren salir del recinto y visitar el bar de Toni, que lleva 37 años en el negocio, es decir, los mismos años que tiene el mercadillo oficial: antes, los hippies se colocaban a la sombra de los pinos que están cerca del hotel. De ellos, apenas quedan unos cuantos y muchos ya no son bohemios idealistas. Ahora son mercaderes que, debido al cambiante mundo, han tenido que sustituir los trabajos artesanales por la compra al por mayor. Juan Carlos, al que popularmente, se le conoce en el mercado como ´el Gordo´, es un vendedor argentino que ha visto nacer el mercadillo. «Antes vendía cerámica que hacía con mis propias manos. Ahora vendo collares, bisutería y pequeños juguetes de coco y calabaza», comenta este comerciante que resume la situación actual en una frase: «Antes te pedían descuento los italianos, ahora lo hacen los alemanes».
El sol empieza a ganar fuerza y llega una infinidad de autobuses procedentes de distintos hoteles de la isla. «Deberían poner un autocar de línea que llegara hasta aquí los miércoles», comentan algunos vendedores. Los productos más inverosímiles les esperan. Desde artículos muy elaborados hasta unas gomas planas que botan en el suelo de forma extraña. Las callejuelas del mercadillo se hacen intransitables y la gente tarda un minuto en recorrer diez metros. La temperatura ahora es letal y algunos turistas se quitan las camisetas. El incienso, olor característico del mercadillo, hace más soportable el paseo.
Sin embargo, en el cielo de es Canar aparecen oscuras nubes que amenazan con lluvia a los mercaderes que, enseguida, echan mano de los plásticos para tapar los tenderetes. «Aquí, cuando llueve, se arma la gorda», confiesa Amador, que lleva más de veinte años vendiendo en mercadillos. «Los guiris se meten en el puesto, te lo tapan y ya no puedes vender más. Esperemos que no llueva», explica. Durante el soleado mediodía, los vendedores pueden a duras penas comer. El hotel prepara paella todos los miércoles, pero los comerciantes suelen preferir un bocadillo o cualquier comida rápida porque, de esta forma, no pierden la posibilidad de vender. Sobre las cuatro de la tarde, comienza la música en directo. La oficial porque, caminando por el mercado es fácil encontrar artista que deleitan a los turistas con temas reggae o rock.
Tras marcharse los autobuses de las excursiones, pocos turistas pasean por el recinto. Los comerciantes aprovechan para descansar un poco de la multitud y coger aire. Aún queda el último tirón de la tarde y tienen que desmontar los puestos. En agosto, el mercadillo abre las puertas a las ocho de la tarde a los vehículos de los vendedores para que puedan recoger sus puestos, aunque estos empiezan a desmontar, lentamente, sobre las seis y media. Si los comerciantes se despistan un poco, pueden acabar llegando a casa a las diez y media de la noche. Una interminable jornada laboral en la ciudad ´hippy´.