SANT ANTONI | NAHUEL L.A.
Faltan veinte minutos para las nueve de la noche y las puertas del hotel Ibiza Rocks, la pequeña ciudad del rock, ya están conquistadas por los turistas británicos que llevan ese puntito necesario para presenciar un concierto de The Prodigy. Sólo se habla inglés, prácticamente todos los trabajadores del evento son del país de la reina Isabel II y algunos porteros del hotel tienen problemas para comunicarse con algún que otro español que quiere acceder al interior del recinto para ver y oír a sus ídolos.
Pero éste no es el principal problema de la seguridad del evento. Más de dos mil personas, según la organización, abarrotan la terraza principal del hotel y los balconcillos de las habitaciones están poblados con pintorescos turistas que se han disfrazado para la ocasión. Así, en el balcón de uno de los laterales del espacio, hay una especie de supervillano ataviado con un particular traje rojo, capa y llamativo maquillaje oscuro; en otro, dos espermatozoides naranjas bailan de forma desenfrenada el ritmo que marcan los teloneros South Central, dos jóvenes británicos que sorprenden a la audiencia con su fresca música electrónica.
El ambiente es tan original que Liam Howlett y Keith Flint, teclados y vocalista respectivamente del grupo The Prodigy, no resisten la tentación de salir discretamente por una de las puertas de la terraza principal y fotografiar a los aficionados mientras bailan. Jorge Barroso se encarga de que nadie se acerque a los artistas. «Yo los escucho desde los catorce años», reconoce orgulloso Barroso, que está más cerca que nunca de las estrellas de la música.
A las 22.10 la gente estalla con una gran ovación cuando los Prodigy salen a escena. El humo rojo domina el escenario y Flint, con su característica doble cresta en su cabeza, parece el diablo. La gente se vuelve loca y el calor aprieta: muchos se quitan las camisetas. Rollos de papel higiénico y botellines de agua vuelan cerca del escenario. Las luces de las cámaras adquieren más protagonismo a medida que el sol se oculta. La energía que imprime The Prodigy provoca algún que otro problema con algunos ingleses que pueblan la azotea del hotel, aunque la seguridad del evento está bien armada con punteros láser de color verde.
A todo esto, la banda inglesa se mantiene ajena a estos pormenores y, cuando se produce un pequeño parón, los asistentes empiezan a gritar: «Ibiza rocks!»[Ibiza mola]. Otro estruendo similar tiene lugar cuando vuelven a salir para dar el último empujón musical a la noche: «Oh my God! [Dios mío], ¡esto es alucinante!», grita Joanna sin dejar de mover el cuerpo. Tras el concierto, la gente sale bastante calmada y tranquila del recinto del hotel. Todo un prodigio en Sant Antoni.