SANT ANTONI | MARTA TORRES
Desde las dos de la tarde el bólido de Red Bull ha estado acompañado. Y eso que los responsables de Amnesia, para no pillarse los dedos con los horarios, dijeron que el coche estaría montado a partir de las cinco de la tarde. A las doce, en un camión de más de cinco metros, llegaba el coche al puerto de Ibiza. A las dos, el brillante monoplaza azul estaba ya sobre la tarima en la que permanecerá hasta las siete de la mañana de mañana. Esto es Fórmula 1. Todo, sobre todo si es montar un coche, se hace a toda velocidad.
Santiago da una y otra vuelta al coche. No pierde detalle. Señala los frenos, el lugar en el que suele colocarse la cámara, se agacha para mirar bien los bajos y apunta a las pequeñas banderas, alemana y australiana, que aparecen junto a los nombres de los pilotos del equipo Red Bull, Sebastian Vettel y Mark Webber. «Es que todo lo que sean motos y coches le encanta», comenta su chica mientras Santiago regresa mirando la foto que le ha hecho al coche y que en breve se convertirá en su fondo de pantalla. «Es verdad, a mí ni fútbol ni baloncesto», comenta este hombre, que asegura que en el año 1979, si no hubiera sido por la mili, se hubiera convertido en piloto de rally. «No era nadie yo con mi 127», recuerda. Algunos de los acompañantes de otros aficionados que soportan el calor de la tarde le escuchan con atención. «Pues yo no tenía ni idea de nada. Ni de los difusores, ni de que ahí estaban los frenos ni de que los que pilotan este coche van segundo y tercero en el campeonato», confiesa María buscando desesperada una sombra al ver que su novio Jordi ya ha empezado a hablar del mundial de Fórmula1 con otro aficionado. Tras discutir animadamente sobre quién ganará el Gran Premio de Europa (que se celebra en Valencia el domingo) llegan a un punto de acuerdo: «Éste es el coche que tendría que estar conduciendo Fernando Alonso».
Más grande, más pequeño
Alrededor del coche se mezclan turistas cargados con las bolsas de la playa, emocionados niños acompañados por sus padres, adultos seguidores de la Fórmula 1, transportistas que se han desviado un poco de su ruta para ver de cerca el bólido y algunos trabajadores de la discoteca. Alejandro graba una vuelta entera al coche manteniendo en equilibrio su móvil. «Lo que me gustaría es dar yo una vuelta en él», afirma. No es el primero que piensa así. «Si pudiera tocar aunque fuera el morro», añade Santiago poniéndole ojitos al coche. Aunque el más directo es un italiano que no duda en pedirle a la responsable de prensa de la discoteca que le deje probar «la macchina». La respuesta consiste una mirada incrédula y una carcajada irónica.
Y es que el monoplaza que está en Ibiza sólo se diferencia al que conducen Webber y Vettel en un pequeñísimo detalle: no tiene motor. Además, dos personas velan porque llegue a Valencia en perfectas condiciones. Un responsable de seguridad lo custodia las 24 horas y el encargado no le quita ojo de encima y le pasa un paño cada vez que le parece atisbar una minúscula mota de polvo sobre la carrocería que desluce el imponente aspecto del coche, sobre el que todos hacen comentarios. «Me lo imaginaba más grande». «Pues yo, la verdad, más pequeño. Visto de cerca parece inmenso». «No pensaba que brillara tanto». «¿Y dónde dices que está el difusor?». «Las ruedas están completamente lisas».