SANT ANTONI | XICU LLUY
—A los aficionados españoles no les hizo ninguna gracia el follón que se armó con el himno, danés, en honor a Alberto Contador.
—Simplemente fue un error técnico... [risas] de alguien que se equivocó al seleccionar la grabación. Los organizadores de la carrera ya presentaron sus disculpas. De hecho, después de esa metedura de pata, se tocó el himno nacional español [durante la entrega de galardones al mejor equipo de la carrera, el Astana].
—¿No será que ustedes se mueren de envidia? Francia lleva un cuarto de siglo sin comerse una rosca en la Grande Boucle, desde Bernard Hinault concretamente.
—La verdad es que sí, sentimos una sana envidia por los éxitos deportivos de España. Son impresionantes y en casi todos los ámbitos, tanto en fútbol y tenis como en ciclismo.
—Así que ahora podemos afirmar que Europa empieza bastante más abajo de los Pirineos.
—Aquellos comentarios ya se acabaron. Intentamos terminar con esta frontera natural entre ambos países. Cito, por ejemplo, las obras de los trenes de alta velocidad, las líneas del Atlántico y el Mediterráneo. También la interconexión de alta tensión eléctrica. Y ahora estamos trabajando en el tema del gas.
—Treinta años antes, los españoles atravesaban la frontera para ver películas pornográficas o prohibidas aquí. Pero la tendencia cambió.
—En efecto, ahora sucede al revés. Cada fin de semana se juntan un millón de franceses en Barcelona. Oyes hablar francés en cualquier esquina [risas].
—Las relaciones entre españoles y franceses siempre han oscilado entre el amor y el odio, la necesidad y la incomprensión. El término despectivo ´gabacho´ se sigue utilizando.
—Creo que esta época ya forma parte de la historia, quedó atrás. Nunca habíamos gozado de tal nivel de entendimiento, no sólo por lo que respecta a ambos gobiernos, sino también desde el punto de vista social. Una reciente encuesta reflejaba que el porcentaje de simpatía que los españoles sienten hacia los franceses es del 83%. Hace diez años, el promedio descendía a poco más de la mitad. En apenas una década, las cosas han cambiado mucho.
—Usted ocupó durante seis años el cargo de embajador en México y ya lleva dos en España. Conocemos su afición por el grupo Los Tigres del Norte, la lucha libre, los toros y las tapas.
—Me encanta Madrid, lo admito. Prefiero vivir en la capital española que en París. Fundamentalmente por su gente, su carácter tan abierto. Los madrileños son cordiales y acogedores. Tienen sentido del humor. Hay una agresividad bajísima. Puedes hablar con tus vecinos. Es un placer. Mi hijo no quiere residir en otro sitio.
—El presidente Charles de Gaulle decía que un país con más de trescientas variedades de queso resultaba ingobernable. ¿Tan complicados son nuestros vecinos del norte?
—Quizás sea cierto [tarda unos segundos en contestar]. Siempre hay un trasfondo de particularismo, individualismo y rebeldía innata. Constituye la parte simpática, y a veces antipática, de nuestra manera de ser. Los franceses pretendemos aportar ideas y opinar sobre todo el mundo, el planeta entero. Nos encanta definir y defender teorías que lo expliquen absolutamente todo.
—Hablando de mandatarios, ¿cómo se encuentra Sarkozy?
—Pues el presidente está muy bien de salud. Se ha recuperado. Las últimas noticias al respecto son excelentes y ahora mismo se halla de vacaciones, lo cual le permitirá descansar y volver en plena forma.
—Acerca del venezolano Hugo Chávez, se dice que es un líder populista y demagógico. Sin embargo, Nicolas Sarkozy es presentado como un político mediático.
—Bueno, Sarkozy ha comprendido a la perfección el papel de los medios informativos. Es consciente de que, en los tiempos actuales, importa muchísimo saber contar una historia. Y esto me parece algo estupendo.
—¿Saldría de copas con Zapatero?
—Sí, por supuesto, y con mucho gusto. Aún no lo he hecho, pero he tenido la suerte de tener trato oficial con él, a veces en círculos restringidos. Sí, lo haría, naturalmente.
—Usted ha visitado Ibiza en diversas ocasiones. Ahora se aloja en casa de la pintora mexicana Cristina Rubalcava, en Cala Salada. Está claro que le gusta la isla.
—Habré venido cinco o seis veces. Adoro Ibiza por su ambiente especial, hedonista, mezcla de tradición y modernidad. Aquí se disfruta de la vida.
—Siendo medio corso y medio provenzal, no le costará adaptarse a nuestra idiosincrasia.
—Soy ciento por ciento mediterráneo.
—Sin olvidarnos de la buena vida, da la impresión de que los ´chefs´ españoles han superado a sus ídolos franceses.
—Ocupan el ´top ten´ mundial, superándonos por lo que se refiere a las grandes estrellas. Se come de maravilla en España. Yo me decanto por la cocina casera, no tan vanguardista. La gastronomía de diseño ha perdido un poco su personalidad.
—¿Cuál es su plato favorito?
—Los huevos revueltos con papas fritas [carcajadas].
—Pues algunos de los mejores restaurantes de Ibiza son de cocina francesa.
—Lo sé. En esta isla habitan de forma permanente unos 3.000 compatriotas. Disponemos de un cónsul honorario, el señor Claudio Torres, para atender a residentes y turistas.
—No vienen demasiados franceses a veranear aquí.
—Necesitamos incrementar las rutas aéreas. Éste quizás sea el mayor problema que tenemos en relación a Ibiza. A pesar de todo, he escuchando hablar mucho francés, me ha sorprendido. Nosotros todavía identificamos la isla con los hippies y la libertad. Nos hemos quedado con esta imagen estereotipada.
—¿Regresará?
—Sí. Siguiente pregunta...