IBIZA | A. F. F.
Seguro que les suena la historia: Justo cuando acaban de plantar su sombrilla, clavada precariamente a la arena, un golpe de viento se la lleva al otro extremo de la playa para incordio general. La solución es sencilla, bastaría con lastrar la sombrilla de algún modo. Se han probado distintas ideas, siempre en la dirección de mejorar la profundidad a la que se clava la sombrilla, con el taladro de mano como representante más eficaz de esta línea de desarrollo. Pero a pesar de los sucesivos avances, el parasol sigue saliendo disparado. Ahí es donde entra en juego el primer invento de Benjamin de Wolff.
La convicción de que había que hacer algo le llegó cuando estaba con su familia en la playa de Benirràs. Era un día ventoso y «cinco sombrillas salieron volando», entre el enfado de los que recibieron el impacto del artilugio y el apuro de sus propietarios, incapaces de mantenerlos en el suelo. La fórmula de esa solución tardó más en llegarle. Él y su mujer, que cose, estuvieron probando distintos diseños hasta que dieron con el definitivo. Le han llamado Solboy, marca registrada.
En realidad se trata de una bolsa atravesada en el centro por un tubo de tela, terminado con un velcro. Por él se pasa la base de la sombrilla, que se clava como siempre a la arena. La bolsa, con una capacidad de alrededor de 30 litros, se rellena de arena que sirve de lastre para el parasol y logra –salvo huracán–, mantenerlo fijo en el suelo. De Wolff asegura que las utilidades de su invento van más allá que las de saco terrero: «Es también una mesa, un asiento y una bolsa en la que llevar las cosas de la playa».
No es el primer invento de este reputado fotógrafo profesional que decidió mudarse a Ibiza con su familia buscando su buen clima, aunque es el primero que lleva «hasta el final: la fase de producto». Y es que ya se han fabricado 10.000 de estos Solboy mediante la alianza con un socio industrial alemán. Es complicado, pero también se puede encontrar en tres tiendas de Ibiza a unos precios que van de los 12 a los 15 euros. «Aunque venda sólo uno por cada playa del planeta, nos haremos millonarios», asegura De Wolff, que confiesa que él y su mujer han soñado mucho con los ojos abiertos sobre este proyecto.
«Queremos darle más tiempo a ver si la gente conoce la idea y si empieza a funcionar», explica. Se han trazado un plan financiero a tres años vista, aunque ya han empezado a recibir encargos desde Alemania, donde ya han hecho alguna promoción del Solboy y negocian con una gran cadena de centros comerciales, Tchibo, para que lo exhiba en sus estantes. También han comenzado conversaciones para distribuirlo en España, aunque ya se puede encontrar en una cadena de tiendas de decoración para la que también realiza las fotografías.
De Wolff asegura que tiene otras ideas, pero de momento explotará esta. El próximo verano, pondrá en el mercado un set completo de artículos de playa que incluye su bolsa para lastrar la sombrilla, un parasol a juego, una bolsa térmica y otra que servirá de cojín relleno de arena. Además, prepara «un nuevo invento que será muy útil para los niños», también relacionado con la playa, aunque prefiere no desvelar en qué consiste todavía. Eso, sin abandonar la fotografía profesional, lo que le trajo a Ibiza.