IBIZA | ALBERTO FERRER
Consumo diario estimado: «Quemas entre 3.000 y 4.000 calorías diarias fácilmente», explica Karoly Kittl, que pedalea ocho horas diarias por las zonas de mayor tráfico de Vila a la búsqueda de clientes para su triciclo, el primero que se puede ver circulando en la ciudad. Kittl, cubierto de sudor –efectos colaterales de la tracción animal que mueve su ´taxi´–, asegura que sólo ha tenido buenas experiencias al manillar de su vehículo: «La gente te jalea cuando pasas, nadie te pita para que te apartes y le dejes pasar con el coche».
Para comprobarlo, nos damos una vuelta con él desde la plaza del Parque; embarcamos en la parte de atrás de una especie de huevo realizado en polímeros superligeros. «Diseño alemán», afirma Kittl, una frase que repetirá varias veces para describir su vehículo, que después de dar la vuelta a la plaza se incorpora imperceptíblemente a la calzada. Pasamos junto al Teatro Pereyra, y giramos a la derecha para adentrarnos en la Marina, doblando frente al hotel Montesol.
Este triciclo es blanco, aunque en otras ciudades –operan ya en nueve urbes españolas–, se los ve rotulados con marcas de todo tipo: textil, telefonía... Hay sitio holgado para estirar las piernas y el respaldo está bien acolchado, es sorprendentemente cómodo. Kittl asegura que su respaldo –un poco parecido a las bicicross de BH de hace años, sólo que algo más ancho y bastante más mullido– es aún más cómodo.
El ingenio pesa unos moderados 140 kilos, por lo que sorprende la velocidad de crucero que alcanza, según el chófer: «25 kilómetros por hora». –¡Anda ya!– «Sí, tiene un motor eléctrico para no ralentizar el tráfico en las incorporaciones» y el resto depende de las fibrosas piernas de Kittl. Cualquiera que aspire al puesto de chófer recibe consejos sobre alimentación, higiene postural en el triciclo y unas recomendaciones para «no forzar mucho los primeros días». Y es que la tendencia es a ´machacarse´, cuando el vehículo no lo requiere. Frenos de disco y un sofisticado sistema de engranajes y cadenas facilitan el trabajo. Aún así, el chófer se pasa el día sudando y bebe alrededor de cuatro litros de líquido –té, agua...– para compensar la pérdida. Él se define como un atleta y se cuida como tal.
Nos movemos rápido, en pocos minutos giramos para subir a la acera en la calle peatonal Mestre J. Mayans. «Ahora nos moveremos como si fuéramos en bicicleta: no pasamos de 10 km/h y daremos la prioridad a los peatones», explica Kittl. El precio es de diez minutos por cinco euros, se paga por tiempo.
El trayecto transcurre sin tirones, en una marcha constante y suave. No se aprecia cuando el chófer recurre al motor o nos propulsa él mismo. Sólo le faltan suspensiones, aunque asegura que el nuevo modelo del fabricante dispone ya de ellos. Tampoco se notan demasiado los baches, porque los asientos absorben bien las irregularidades de la calzada.
Sobre la cabeza de los pasajeros, el triciclo dispone de un tragaluz que permite observar los pisos altos de los edificios con los que nos vamos encontrando. El habitáculo es muy abierto y no hay obstáculos para disfrutar de buenas panorámicas a lo largo de la ruta. Al estilo de las mamparas de los taxis convencionales, Kittl se gira para hablar a los pasajeros, de los que le separa una lámina de plástico trasparente, cosida a media altura a una lona. Ésta dispone de bolsillos en los que se pueden colocar ejemplares de prensa o folletos turísticos, aunque los del triciclo de Vila van vacíos, de momento.
Volvemos a las arterias principales de la ciudad y remontamos la avenidas Bartomeu Rosselló e Isidor Macabich y giramos a la derecha en Bisbe Huix. Como la calle se estrecha, Kittl se echa a un lado para dejar pasar a un par de coches que saludan: «¿Veis? Nunca hay problema», dice mientras dirige el vehículo a la avenida de Espanya.
Kittl se considera, además de un atleta currante, «un punto de información turística móvil». Le preguntan de todo: «Desde a qué restaurante ir al ambiente de la noche o si tal barrio o tal otro es seguro para pasear». Defiende que el triciclo es seguro porque es tan raro que nadie nos quita ojo a lo largo del trayecto. Los niños se paran a mirarlo en la calle y sus padres hacen fotos. Nos sonríen desde el interior de los coches. Incluso los pasajeros del autobús de línea con el que compartimos un rato el semáforo del final de la avenida de Espanya dejan de mirar al vacío para enfocarnos. Ocupamos medio carril.
Nos explica que su empresa, Ibiza Bike Tours, está poniendo una pica en Flandes este verano: operan con un solo vehículo para ver qué tal se lleva con las calles estrechas el tráfico intenso de coches de la ciudad. Si Ibiza tiene un aspecto hostil para las dos ruedas –sin carril-bici, con viales en los que a veces cabe sólo un coche, y bastante justo, y con una sobreabundancia de conductores de claxon fácil–, en principio parece suicida intentar hacerse a la calle a la misma velocidad y ocupando más ancho de vía. De todos modos, la siniestralidad de los triciclos es nula, entre otras cosas porque «todo el mundo está pendiente de ellos», comenta nuestro chófer. Bajamos, después de darnos un paseo de alrededor de un cuarto de hora.
La idea es poner en marcha una flota de 15 triciclos en Vila, algo en lo que llevan tiempo empeñados Kittl y su socia Marta Tàpia, aunque éste será el primer verano completo que rueden con un triciclo «a pleno rendimiento». Sus paseos son, sobre todo, nocturnos. «Es cuando hay más clientes», explica él, que trabaja desde las ocho de la tarde a las cuatro de la mañana. A esas horas ha llevado ya a gente de todo pelaje y en varios niveles de consciencia. Asegura que en más de una carrera ha tenido que hacer callar a sus pasajeros, algo embriagados: «Se puede hablar, pero no hacer ruido». De todos modos, explica maravillas de la experiencia. Los turistas ya conocen estos vehículos, que corren desde hace años en otras ciudades europeas, y confían en su servicio.
Tàpia, a cargo de la parte empresarial de la empresa y la logística doméstica, asegura que Kittl se alimenta igual que otro humano, aunque en recipientes XXL: toma cola-cao para desayunar, sólo que, en lugar de un tazón, consume todo un bol de ensalada.