MADRID | EFE
«Me preocupa el mundo que heredarán mis descendientes», decía Francisco Ayala, fallecido ayer en Madrid, en una entrevista pocos días antes de cumplir el 16 de marzo de 2006 los cien años, una edad a la que llegó gracias a sus genes, sin duda, pero también debido a la inagotable curiosidad que sintió siempre. «No cerrar los ojos al mundo es esencial para vivir mucho», aseguraba este testigo lúcido de un siglo tan convulso como el XX, atento siempre a la realidad que lo rodeaba, preocupado por la situación política española e internacional y defensor incansable de la libertad.
Ayala recibió a la prensa en su casa varias veces en los últimos años y algunas de las frases que dijo en esas entrevistas dan idea de cómo era este hombre sabio que nunca perdió el sentido del humor, pese a que le tocó vivir momentos duros y dramáticos. La suya fue una vida de trabajo y de exilio. «No hay nada que repudie en mi vida. Los pasajes penosos me han dolido, pero los he soportado. He tenido experiencias vitales muy crueles, de las que he salido a flote tratando de entenderlas», dijo el escritor.