El médico me dijo que, además de las medicinas, me ayudaría mucho la rehabilitación, teniendo bien entendido que lo nuestro no se cura. Y que es progresivo. Uno, en su inocencia, creía que tiene ciertos servicios cubiertos, por eso de que estamos en el primer mundo. No es así, porque a veces las cosas dependen de cómo sople el viento. Estamos (¿o no estábamos?) en el país de jauja. Hay dinero para fichar a los futbolistas más caros o para irse de vacaciones a la Luna todos los finde. Y es que hay que gastar en alegrías. Lo triste no vende.
Si pides caridad a las puertas de una iglesia, apenas conseguirás unas perras. Hay que vaciar un banco o arrasar un ayuntamiento. Hay que hacer las cosas a lo grande. Lo dicho, lo triste no vende.
Pero yo, gracias al señor Parkinson, tengo el cerebro dañado y, por otra parte, mis dos o tres neuronas no coordinan (nada nuevo, por otra parte); será por eso que no entiendo cómo se puede ser uno de los países más solidarios del mundo y, en casa, pasar necesidades.
Tal vez alguna culpa tengamos en lo de la falta de subvenciones: nos llamamos Aemif. Pero, hombre, ¿por qué le habéis puesto ese nombre?, ¿así es como queréis que nos ayuden? ´Colinas rampantes´ o ´Guerra Atómica III´ sería más llamativo.
Otra cosa a cuidar es a quién se le piden las subvenciones. Si el interpelado tiene mucho que hacer, puede no darle tiempo a revisar ´lo nuestro´ y dedicarse a cosas posiblemente más importantes. Y de ambulancias para transporte, nada de nada. ¡Para lujos estamos! Si han de quedarse algunos pacientes en casa por no poder desplazarse, que se queden, y a no perder la esperanza; como tampoco la pierde esa señora, valiente como nadie, que día a día, al salir del gimnasio, ayudada por un fisioterapeuta y algún bastón hasta llegar a su silla de ruedas, nos regala un optimista ´salut per a tots´.
Que así sea.