Durante mucho tiempo nos embarcamos en un proyecto en el que la atención de los usuarios contemplaba una visión integral del problema. «La persona tiene capacidades, hay que contribuir a reforzarlas». A partir de este paradigma, se desarrolló un trabajo profesional y técnico, con sensibilidad social y empatía. Con errores y aciertos.
Las cosas comenzaron a cambiar en Cáritas cuando un buen día este estilo de trabajo ya no era el apropiado. Se fueron muchas personas muy válidas (aún quedan unas pocas, que seguramente también se irán), cansadas de tantas decisiones arbitrarias. Y a otras las echaron (como a mí) por haber manifestado abiertamente mi desacuerdo con el ascenso a coordinador de una persona que llevaba siete meses en la institución, sin titulación convalidada, y sin la cualificación necesaria para el puesto. Pasando por alto la promoción interna, el mérito, la experiencia, la idoneidad y la capacidad técnica.
Ahora bien, es cierto que Cáritas es una institución de la iglesia católica, y hay quienes dirán que están en su derecho de decidir si sus trabajadores tienen la obligación de ir a misa o no. Pero no podemos olvidar que Cáritas funciona con fondos públicos en un enorme porcentaje. Los programas que ejecuta están subvencionados por organismos estatales (recursos en dinero para contratación de personal, insumos, etc).
Entonces, creo que hay ciertos criterios profesionales y técnicos que deben mantenerse, tanto en el diseño como en la ejecución de los proyectos. Con personal capacitado, con los conocimientos y las herramientas necesarias.
Cuando esta realidad cambie, entonces estarán en pleno derecho a exigir que sus trabajadores vayan a misa, que sean ex sacerdotes, que tengan moralidad cristiana, así como también a qué tipo de usuarios atender... Mientras tanto, los que no compartimos este ´nuevo estilo´ de hacer: a la calle... por elección o por disuasión.