Estamos acostumbtrados a recorrer las calles con turistas de varios lugares. En las playas vemos cómo las melenas rubias desfilan en tanga o sin tanga por las bellas arenas ibicencas y nos produce alegría cuando de noche se reúnen en las discos para reventar la noche y los bolsillos, mientras trabajamos para darle cada vez más un mejor servicio.
Hablamos en todos los idiomas posibles para hacernos entender y lo que nos importa para hacerlos comprar. Y todo va girando en la misma rueda, satisfaciendo al turista y juntando dinerillo para el invierno.
Entonces yo me pregunto: al llegar el viento, cuando las discos se cierran y las playas vuelven a tener sus hojarascas, algas y basura, ya que el verano ha terminado, ¿qué somos capaces de ofrecer a nuestros abuelos que vienen a disfrutar del mismo paisaje que los veraniegos y ruidosos turistas? ¿Malas caras? ¿Molestias? ¿Es que no podemos sonreírles de la misma manera? ¿Es que por ser entrados en edad son merecedores de otro trato? Me niego rotundamente a creer que en esta isla blanca y bella, de la que todos formamos parte, tenemos distintas caras para una misma moneda y actuamos según quien nos convenga.
Estos señores de pelos encanecidos han luchado y trabajado toda su vida para que nosotros estemos donde estamos. Han sacrificado años de su vida sin vacaciones y sin recompensas, con pensiones miserables, ¿y nosotros vamos a rechazar una mirada suya? Pues no. Deríamos esperarles con pancartas en el aeropuerto, y recibirlos con un mensaje: «Bienvenidos, abuelos. Ibiza también es vuestra ñeta, y se alegra que vuestros arrugados piececitos pisen nuestra arena».