MARTA TORRES
La cinta que envuelve los siete cuadernos moleskine que desde mañana colgarán en el Espacio Micus no esconde notas. Mundos de tinta china, personas de papel con cabezas emborronadas por sus pensamientos y pequeñas plumas cobran vida al abrir las tapas de estas libretas convertidas en obras de arte después de pasar por las manos de Jean Willi, Evru, Felix Waske, Anna Brandon y Los cinco de Viena. Obras pequeñas. Obras grandes. Plegadas caben en el bolsillo interior de una americana. Desplegadas se extienden hasta más de dos metros.
Los ´Leporellos´, como las han bautizado, nacieron no hace mucho. Willi tenía dos de ellos en una muestra que protagonizó en octubre. «Pero estaban en una urna de cristal y apenas se veían», lamenta. Así que habló con Katja Micus para exponerlos en su sala (carretera de Cala Llonga, pasada la urbanización Can Furnet, primer desvío a la izquierda y luego primer camino a la derecha), donde pudieran estar al alcance de todos. Colgados en las paredes, no podrán hojearse con las puntas de los dedos, pero sí ojearse al detalle con las retinas.
Los siete cuadernos están pintados a cuatro manos. Willi explica que en el caso del que comparte con Evru, él llenó las páginas pares y su «viejo amigo de los años 70», las impares. Con Anna Brandon, todos los pliegos son compartidos. Sus golpes de tinta negra son la tierra en la que se asientan sus personajes de nariz larga y estilo infantil de la artista. Todos ellos pintaban sin saber dónde iban a llevarles sus trazos. Qué haría el otro una vez tuviera en su poder el cuaderno de acordeón era una incógnita. Incluso en estos momentos, a pocas horas de que se inaugure la muestra (que permanecerá abierta hasta el 27 de diciembre), los artistas continúan pasándose los moleskines por si alguno quiere añadir algún detalle más.
De hecho, Anna Brandon le ha preguntado a Willi si tiene pensado seguir pintando en el ejemplar que comparten. Él ha dicho que no, aunque podría ser que sí. Depende de la fuerza del cuaderno. Parece que es él y no el artista el que decide si quiere que llenen los blancos que todavía quedan en sus páginas. «En cierta manera es como un vicio, no sabes cuándo vas a parar», comenta el impulsor de ´Leporellos´, que se inaugura el domingo a las cuatro de la tarde.
Willi reconoce que estos libros de artista tienen «algo de objeto». El objeto de deseo de un fetichista bibliófilo. «Lo hemos podido llevar con nosotros todo el tiempo y trabajar en cualquier sitio. En el aeropuerto y mirando la televisión», comenta el suizo afincado en Ibiza. «Eso sí, es diferente pintar esto que pintar un cuadro. Siempre estás pensando en lo que hará el otro. Es inevitable. Esperas que te lo devuelva para ver qué ha hecho, si ha pintado sobre lo tuyo, si lo ha completado, si ha ocupado su propio espacio», confiesa. Además, debido al pequeño tamaño de los cuadernos, asegura que para pintar en ellos hay que estar muy concentrado. «No sé las horas de trabajo que hay en cada uno», comenta. «Además, hay que tener en cuenta que no es posible el error. No se pueden cortar y pegar los pliegos», apunta Katja Micus antes de que Willi reconozca que es posible hacer trampa. «Pones un poco de blanco y pintas encima», afirma con una media sonrisa.
Aunque casi todos se han centrado en el dibujo y el collage, alguno no ha podido evitar la tentación de encontrar un hueco en las páginas para las letras. Felix Waske apuntaba en ellas notas personales, recordatorios domésticos que parecen llenar el cielo de tinta de uno de los pliegos de papel crema.
Algunos de ellos tienen un título escrito a mano en la etiqueta de la portada. ´Entrada´, se lee en uno de los que han pintado Willi y Waske. «Es que Felix lo comenzó al revés, así que le escribí eso para que no se liara otra vez», justifica Willi, que no tarda en encontrar un sentido a la anécdota. «Ése fue el primer libro que pintamos, así que también es la entrada a ´Leporellos´», explica.
La responsable de la galería apunta con una sonrisa que a más de uno de los protagonistas de la muestra le costará desprenderse de los cuadernos. De hecho, casi todos han intentado pintar dos ejemplares. «Así tenemos uno para cada uno», comenta Willi, que le da la razón a Katja Micus.