VICENTE VALERO
Pintaba en el más oscuro de los cuartuchos, rodeado de sillas, cuadros, botellas, paquetes de tabaco y pulgas, a sólo un par de pasos del amplio porxet de la casa, lleno de plantas y de luz, lleno de gente muchas veces, de invitados diversos y dispersos, lleno de compañía. Al solitario Vicent Calbet no le gustaba estar solo, aunque ésta fuera su estampa habitual, la estampa viva de la soledad, cuando lo encontrábamos tantas veces por las tardes en la barra del Peixet o en la terraza del Alhambra.
Resulta que hace ya 15 años que murió Vicent Calbet. Y que murió en Japón, un país que ni él ni sus amigos hubieran imaginado nunca para morir (ni para vivir). Hasta la ciudad de Fukuoka se marchó un día de primavera para exponer sus últimas obras, que iban a ser, claro, sin saberlo, últimas de verdad, de la mano del matrimonio Arao y Satoko Obana, galeristas. Y el caso es que estas obras han regresado ahora a Eivissa, también por mediación de los Obana, para ser expuestas hasta el próximo 16 de diciembre en el centro cultural de s´Alamera (Vara de Rey).
Pintaba, sí, en un oscuro y desordenado habitáculo de su casa, Can Puvil, y cabría preguntarse, una vez más, si aquella oscuridad pétrea era también la causa de tanta luz en sus pinturas, de tanto derroche de color. ¿Hubo alguna combinación de colores que Calbet no probara? ¿Algún gesto que no experimentara para expresarse –con emoción, pero también con inteligencia– a través de aquellos mismos colores? Entre la figuración expresionista y el expresionismo abstracto, Calbet inauguraba formas muy personales de sentir la pintura, de abrazar la luz.
En sus últimos cuadros, que ahora podemos conocer en esta exposición, sobra color, un color que se derrama, a menudo incluso con violencia, pero no puede decirse que Calbet no esté allí presente en estado puro. En su manera de ocultar aquello mismo que deseaba mostrar, por ejemplo. Este modo de proceder le permitía encontrar los caminos de la sugerencia, de una expresión subjetiva y, casi siempre, poética, para aproximarse a las cosas, a las personas, a los paisajes.
Toros y toreros
En ´Darreres pinzellades´, que así es como se titula esta muestra organizada por el Consell Insular, destaca una serie tauromáquica, compuesta por una veintena de cuadros de gran formato. Se trata, tal vez podría decirse, de una rareza en la trayectoria de Calbet, no sabemos si motivada por un repentino interés por el mundo de los toros o por su conocimiento del gusto de los japoneses por los tópicos españoles, entre ellos la corrida.
En cualquier caso, es lo primero que llama la atención y se trata, además, no hay que olvidarlo, de un tema pictórico de la tradición española. Como es sabido, a Calbet le gustaba mucho visitar esta tradición, recrearse en ella, como pudimos comprobar en algunas espléndidas exposiciones en la década de los ochenta y principios de los noventa en la sala de cultura de Sa Nostra.
Hay en esta serie irregular de toros y toreros fragmentos muy lúcidos y típicamente calbetianos: al toro y al torero los vemos a veces y a veces no los vemos. Están y no están. Aparecen y desaparecen, como figuras atrapadas en la red de los colores desbocados, de los chorros iluminados y pastosos, llenos de dramatismo.
Es una serie que vincula una vez más al pintor ibicenco con los lienzos del expresionismo abstracto, pero también, en parte, a su particular estilo, en el que la sugerencia es primordial, como una invitación a la creatividad misma del espectador.
Aunque la tauromaquia ocupa la mayor parte de la exposición, destaca también la serie titulada ´Persona´, en la que puede reconocerse al mejor Calbet, captando con empatía las líneas esenciales del cuerpo humano, su movimiento, su gracia.
Quince años después, Vicent Calbet ha vuelto a Eivissa. Ha vuelto resucitado en sus pinturas dramáticas y llenas de color, como si después de un largo y extraño viaje por el mundo de los muertos hubiera querido volver a sentir el abrazo vivo y no menos misterioso de la luz, de su luz.